Stella Maris Maruso es una terapeuta argentina que aplica la psiconeuroendocrinoinmunología (palabra de 30 caracteres cuyo uso debería estar prohibido) y a la que hace unas semanas le dedicaban ‘La Contra’ de La Vanguardia. En la entrevista dice cosas de grandísimo interés, desde que no ayuda los enfermos a “no morir, sino a vivir hasta morir, de morir bien”; hasta que “al no aprender a dominar la mente, vivimos arrastrados por ella… ¡la mente es demasiado loca para confiarle la vida! Confíale tus negocios, ¡pero no tu vida!”
Según la doctora Maruso, tras la cirugía y los antibióticos, llega la tercera revolución de la medicina: la psiconeuroendocrinoinmunología. En resumen se podría decir que esta disciplina defiende la interconexión del sistema nervioso central, el nervioso periférico, el endocrino y el inmunológico. Aún más resumido, que:
¡Las emociones modifican tu capacidad inmunológica!
O sea, que:
La angustia ante lo incierto, el miedo, la desesperanza, el remordimiento, la rabia… ¡Cada una tiene su bioquímica! Y es venenosa, es depresora del sistema inmunológico.
[...]
La salud no es un estado: es un proceso, y muy dinámico. ¡Por tanto, siempre puedes reforzar tu salud si trabajas tus emociones!
La doctora se apoya en un viejo experimento que relata así:
A cuarenta mujeres con cáncer de mama, el médico les contó que la quimioterapia les dejaría calvas. Luego, solo suministró quimioterapia a veinte mujeres y dejó que las otras veinte creyesen recibirla…
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El 60% de las segundas quedaron tan calvas como las tratadas por la quimioterapia. ¿Que modificó la bioquímica interna de estas mujeres? ¡Sus propias creencias!
[...]
¡El médico puede estimular con su actitud la capacidad autocurativa del paciente!
Hay que rechazar que los médicos desahucien a un paciente. Según esta doctora el médico debe hacer diagnósticos pero jamás pronósticos. Y termina contando algo que me ha llegado personalmente de forma intensa:
A mi padre le pronóstico el médico tres meses de vida por un diagnóstico de cáncer de próstata diseminado al hígado. Trabajamos juntos con amor, relajación, meditación, nutrición… y al año no tenía células cancerosas. Vivió 18 años más.
[...]
“Milagro”, dijo (el médico). Remisión espontánea. Desde ese día cerré mi empresa y me volqué a ayudar a otros como a mi padre. Y yo hoy vivo en la frontera del milagro: la remisión es un efecto colateral en enfermos que han abrazado las fuerzas de la salud, la vida.
Hubo un médico que no me dijo la palabra milagro, pero sí habló de que era un caso que debería estudiarse en las facultades de medicina. Me sobrecoge pensar en el poder de una mente agarrándose a la vida. Me sobrecoge de verdad.
[ Gracias a Maripili por el enlace ]

















