|  Tamaño texto: Texto pequeño Texto normal Texto grande   |  Ubicación menú: A la derecha (por defecto) A la izquierda

Artículos archivados en esta categoría


  DesvaríosDVDCano :: 24.08.2007 @ 04.06

Le gusta madrugar, lo hace siempre, sin excepción. Yo también lo hago, por obligación la mayor parte de las veces. A veces nos vemos a primera hora, nada más levantar, porque yo aún no me he acostado, y espero ese momento con ilusión. Soy nocturno por naturaleza, y cuando tengo ocasión voy prolongando la noche cada día, hasta bebérmela entera. En esos días te veo aparecer y me siento acompañado, protegido, inundado por tu luz y abrigado por tu calor. Es un gran momento, sin duda. Me gusta verte, que lo sepas. Creo que nunca te lo dije antes.

Vienes siempre tímidamente, sin armar ruido, sin que apenas se note. Pero al rato todo lo tienes a tu merced, y no puede pasar inadvertida tu presencia. Sin darme apenas cuenta, en un instante estás ya a mi lado, vigilante y en silencio. Sé que puedo hacer muchas cosas sin ti, que los momentos en que estamos separados son mi refugio, mis horas más íntimas, y también las más productivas. Son momentos de soledad necesaria, el hálito que necesito para pensar, para sentirme creativo, cuando la inspiración viene con más facilidad. No te echo de menos, pero estoy hecho a ti. No podría vivir sin saber que te veré al día siguiente, que podré volver a gozarte, que me iluminarás con la generosidad y la grandeza de siempre. Estoy unido a ti, irremediablemente. Siempre fue así, y sé que así será mientras viva.

No soy único en esto que cuento. Somos tantos los que te necesitamos, que a veces ni te apreciamos lo suficiente. Me siento mal cuando te engaño, pero eso a ti no te importa, porque mientras tu haces feliz a otras personas. Que gran suerte tienes, todos te quieren y te disfrutan por igual. Y a mi me hace feliz compartirte con otros, con todos en realidad.

Esta noche le hablé de ti a la luna, mi otro gran amor. Le hablé bien, y me pareció que ella deseaba que te hablará a ti, que te contase lo bien que me siento contigo, el bien que me haces cada día. Por eso me he animado a dejarte este mensaje, porque hoy soy yo quien te saluda, esperando el amanecer un día más. Te veré levantar de nuevo, y al rato ya no podré mirarte sin cegar mis ojos, pero tu presencia me dará la vida de un nuevo día.

Amigo sol, ¡qué gusto verte!

  DesvaríosSenador Palpatine :: 21.08.2007 @ 14.41

Quiero que sepas que no he buscado a otra. No es que no la haya habido. Es que ni siquiera me planteo la posibilidad de que nadie ocupe tu lugar.

Tu ropa sigue aún en el armario como la dejaste y los cajones de tu mesita son pozos negros de recuerdos que casi nunca me atrevo a abrir. Sólo cuando estoy solo, (jodidamente solo) y el silencio de la noche se vuelve insoportable, con una copa en la mano y dos más en el estómago, comienzo a hablar contigo y repaso todos tus gestos.

¿Por qué te fuiste? me pregunto entonces. O mejor dicho ¿por qué algún día llegaste y me hiciste creer que estarías para siempre?

Nunca fue un engaño por tu parte. Siempre has sido del tipo de personas que sólo saben vivir en libertad, sin atarse a nada ni a nadie. Y si no fueses así nunca te habría amado. Yo lo sabía. Fue tu forma de ser lo que me llenó de vida y sólo yo soy culpable de pensar que una jaula puede retener a un espíritu sin dueño.

Y tú me amaste, eso lo sé. Sin que yo lo mereciese, tal vez. Nada había en mí que mereciese todo lo que me has dado.

Además, ni siquiera he sido nunca un tipo gracioso y divertido (mucho menos guapo). Aún hoy me sorprendo al recordar que muchas de mis tonterías de payaso te hacían gracia.

Y es curioso, pero siempre que imagino tu rostro, estás sonriendo.

Pura luz y magia en tus ojos, llenos del brillo de las estrellas más hermosas del cielo.

La casa sigue vacía y todo me recuerda a ti.

Me tumbo sobre la cama, cierro los ojos y te siento. Me pesa el aire como una losa que me ahoga y me humedece los ojos. Aprieto los puños y no quiero abrir los párpados porque sé que si lo hago te irás de nuevo. Quizá si pudiese quedarme así un millón de años, tú no te marcharías nunca.

Así, a lo mejor, no habría una nota escrita sobre la mesa de la cocina que dijese “Gracias por todo. Me voy para siempre. Nunca te olvidaré. Perdóname y no me odies. Te quiero”

¿Cómo podría odiarte si nunca hubo nada antes de ti?

Si lo único bueno que me queda en el mundo es tu recuerdo.

  DesvaríosSenador Palpatine :: 13.08.2007 @ 13.44

Tiene ya muchos años.

No sé cuantos lo recordarán.

Se oye una voz en off. Un grupo de amigos y amigas (adolescentes) después de una noche de marcha, cogen un tren para volver a sus casas. Están solos en el vagón. Van cansados, agotados, pero contentos. Sentados o tumbados en los asientos del tren, en silencio, con esa expresión en el rostro que se te queda cuando estás muerto de cansancio pero tan feliz por dentro que deseas que esa paz y esa felicidad duren para siempre. La voz en off, de uno de ellos, dice que eran tan felices que desearían quedarse para siempre en ese vagón y que el viaje no acabase nunca.

Espero que alguna vez, todo el mundo haya podido sentir ese “prodigio”. Estar en el sitio justo, con las personas (o la persona) con quién deseas estar. Sin importarte nada más. Siendo consciente en ese mismo instante de que eso que estás sintiendo es la felicidad.

Muy pocas veces me ha pasado.

Supongo que todo lo bueno viene en pequeñas dosis, para que sepamos apreciarlo de verdad.

  DesvaríosDVDCano :: 12.08.2007 @ 13.12

Era una persona delicada. Me despertaba cuando el despertador no había podido conmigo. Primero me susurraba desde la puerta, ante el fracaso de la primera intentona se acercaba más y volvía a susurrar mi nombre y la hora. El tercer intento era mortal, aunque revestido de la misma suavidad que los anteriores. Ponía su mano en el colchón y lo meneaba suavemente, luego un poco más fuerte, y algo más. Al final combinaba el susurro y el meneo, y nunca fallaba. El niño (siempre fui ‘el niño’) se despertaba al fin.

Hoy he vuelto a despertarme al meneo. Me ha faltado su susurro y su presencia, como me falta ella desde hace año y medio. No ha sido nada desagradable. No me he asustado en ningún momento. Noté que se meneaba mi cama y recordé los despertares de mi madre.

Es una forma genial de vivir un seísmo de 5,1 en la escala esa tan famosa.

  DesvaríosSenador Palpatine :: 23.07.2007 @ 10.17

El amo de los sueños despertó de su letargo.

Surgió en medio del caos, moviéndose con la elegancia de un delfín en el centro de un maremoto, donde los demás se sentían pobres náufragos a punto de ser engullidos por las aguas.

Esquivó las olas al principio, surgiendo en medio de cortinas de lluvia, sereno, como un murmullo ronco y casi inaudible en el fragor de la tormenta.

Muchos habían estado meses adorando a ídolos paganos, enterrando en vida a un Dios que solo reposaba al acecho. Le vilipendiaron entonces, dijeron que estaba acabado, que nunca había sido el elegido, solamente uno más. Negaron entonces su magia y se mofaron de él. Sólo había sido flor de un día, dijeron entre risas vanas.

El apretaba los puños, contenía su ira. Prudente, en silencio, callaba y se lamía las heridas.

“Ya vendrán tiempo mejores”, rumiaba para sí. “Aún no ha llegado mi hora”.

Y llegó sin avisar, como un huracán inesperado que surge de repente en medio de la calma. Con un cielo oscuro, abierto en tromba de agua, con los elementos desatados. En medio de un infierno en el que los niños lloran, los hombres se encogen asustados, los guerreros luchan hasta el último aliento sin esperanza alguna y los Dioses muestran sus fauces hambrientas mientras una estruendosa carcajada se desborda de su boca.

A cuchillo, sin tomar prisioneros. Dejando una hilera de despedazados y maltrechos cadáveres a su paso.

Podía incluso haberse mostrado benévolo. Cuando ya la meta estaba cercana, el botín y la cacería habían sido suficientemente satisfactorios. Casi todo estaba hecho…

Pero solo “casi”.

Entonces los cielos se volvieron a abrir.

Solo faltaron rayos y truenos y una voz de ultratumba escupiendo fuego desde el mismo infierno.

Y en medio de todo, volvió a aparecer, con un cuchillo afilado entre las fauces. Oliendo la roja sangre fresca de sus enemigos, espoleado por el deseo salvaje de destrozar y desgarrar, convertido en un Dios glotón que engulle todo a su paso.

No hubo rivales, sólo meras marionetas que se deshicieron en medio de la lluvia como un frágil castillo de naipes. Polvo de arena de los sueños que se derramaba sobre el asfalto y convierte los cantos de los juglares en leyendas que permanecen a través de los tiempos.

“Yo estuve allí”, diré dentro de unos años.

“Le vi con mis propios ojos, no me lo contaron”.

Parecía un Dios vikingo con su yelmo plateado, una lanza brillante surgiendo de entre las aguas.

Y me hizo llorar como un niño y apretar los puños y lanzarlos contra el cielo. Me devolvió mis sueños y me enseñó que la magia nunca muere mientras haya alguien dispuesto a creer que todo puede ser posible.

Juro que nunca más volveré a olvidarlo.

  DesvaríosSenador Palpatine :: 11.07.2007 @ 17.16

¿Cómo dejar de imaginarte entre sabanas blancas y húmedas?

Tu cama no tiene nada de común, no se parece a nada que yo conozca. Es ese lugar al que sueñas llegar desde el mismo momento en el que sabes que existe.

Te imagino desnuda sobre las sábanas con el pelo despeinado, con una sonrisa pícara en los labios mientras juegas con tus piernas.

Piel que quema, manos torpes que no consiguen apagar tu fuego. Boca temblorosa, al probar la tuya. Fiebre enferma de ti. Ansia infinita.

Háblame al oído de lugares mágicos. Países lejanos donde el tiempo no transcurre, detenido sobre tu piel. Noches eternas donde la luna nunca se pone y la desnudez de tu cuerpo jamás abandona mi cama.

Oscuridad infinita en la que deshacerse sobre caricias perpetúas y emborracharse del olor de tu vientre, deslizarse por pasiones y resbalar las horas como cuentas, una a una, por los lunares de tu espalda.

Aguas dulces y saladas, fuentes claras que manan de tu sexo.

Tú das la vida y conviertes el desierto en agua.

Sólo existes tú y sin ti no hay nada.

Hermosa y voluptuosa. Dulce y tierna.

Eres la pantera que me devora.

Arráncame la piel. Muérdeme los labios hasta hacerme sangre. Tritura mis huesos con tu cuerpo. Redúceme a polvo y vuelve a crearme con tus manos como te plazca.

Sólo deseo ser tuyo, más de lo que nunca he soñado con ser de nadie.

Tú creas las maravillas del mundo y te vistes con ellas, porque es tu piel desnuda un resumen de todas esas maravillas. Tú que me has enseñado el pecado, la lujuria y lo prohibido, deseando la oscuridad de tu pubis ardiendo en mitad de tu piel caliente y encendida.

Todos mis sueños nacieron contigo.

Tú borras el vacío y garabateas anhelos en mi alma.

(Para ti, porque es tan tuyo como mío).

  DesvaríosDVDCano :: 10.07.2007 @ 21.05

Luciano era un convencional funcionario al pie de una absorbente pantalla de ordenador. Su aspecto de pulcro personaje intentando terminar un trabajo de archivo y clasificación de todo un cúmulo de datos en la inefable memoria de la diabólica maquinita, no rompía en absoluto con la limpieza y la asepsia del lugar.

Su trabajo en el Ministerio de Hacienda se le hacía doblemente pesado. Por un lado, tenerse que atornillar a su silla giratoria durante ocho horas diarias comprobando e introduciendo nombres, sueldos, ingresos, supuestas declaraciones falsas. Por otro lado, ese sentirse siempre un pelín traidor colaborando en descubrir pequeños fraudes en los impuestos. Cansada le resultaba a Luciano Fernández la ocupación que le proporcionaba cobijo y una posición social despreocupada. Cansada, monótona y además cómplice de esos urbanitas vampiros del siglo XX que gestionan los tributos, siempre controlándolo todo. Su vida era, pues, todo un mar de teclas-leds-enters-cables y odiosas lucecitas en forma de letras y números, sobre todo muchos números que, al cabo de unas horas parecen todos una misma mancha verde en una pantalla. Eso era su vida desde las ocho de la mañana y hasta las tres de la tarde, en que el ‘clink’ del reloj en el que debía fichar por dos veces en el día le indicaba que todo había terminado “hasta mañana, si Dios quiere”, como le solía decir el portero de la finca, sin saber muy bien la sensación que esa expresión le causaba a Luciano Fernández. Una sensación de melancolía, desagrado, tristeza y una cierta desazón; aunque Luciano siempre respondía con una irónica sonrisa y un apresurado “hasta mañana”.

Ese sonido del reloj que siempre martilleaba al entrar y salir del trabajo, tenía en ambas ocasiones tonos bien distintos. La obligación, casi la esclavitud diaria, a primeras horas de la mañana. Una cierta liberación y, sin duda, un cambio, un quiebro en el transcurso del día, cuando el reloj suena poco antes de comer, al filo de las tres. Pero, si para todos ese último timbrazo suponía un cambio, en Luciano Fernández este cambio era insospechadamente importante…

Después de su trabajo diario, nuestro ‘convencional’ funcionario solía hacer pocas cosas, muy pocas. No comía. No, extrañamente sus compañeros nunca le habían visto tomar algo en el garito de abajo. Ni una cerveza, ni un bocadillo. Los quince minutos que consiguieron del jefe de personal del Ministerio, precisamente para tomar el bocadillo, Luciano los consumía sentado en un sillón al fondo de un oscuro pasillo. Pensando, haciendo planes, como absorto, casi muerto. Nadie sospechaba lo que podía pensar, solo él lo sabía. Y no podía ser en otra cosa. Esa era prácticamente (y sin prácticamente) su única ocupación fuera del trabajo.

Y es que la casa de Luciano cuando él llegaba se convertía siempre en una especie de misterioso templo del ocultismo y extrañas supercherías. Las puertas, ventanas, persianas, cortinas, todo cerrado, tapado, como clausurado por hoy y aislado del mundo exterior. Para los vecinos era un ‘bicho’ raro, pero tampoco llegaron a extrañarse demasiado, ya que no ‘lo’ veían apenas. Siempre iba corriendo por la calle, y en el portal: meter la llave, subir las escaleras a saltitos, entre nerviosos y alegres, y volver a abrir otra puerta con otra llave, para cerrarla después, era todo una misma cosa. Ya estaba en casa. Podía recuperar ahora el tiempo perdido, podía continuar su extraña búsqueda justo donde la dejo ayer.

Y Luciano Fernández se tendía entonces en una extraña cama de madera, en el centro geométrico del inmueble, con su cabeza orientada hacia el Norte. Y entonces parecía que dormía. O quizás dormía realmente. ¿Quien puede saberlo? El caso es que, durmiera o no, era en ese prolongado momento cuando él se sentía más feliz. Era ésa su verdadera vida. Ahí culminaba cada tarde y cada noche, sin interrupción, su proyecto de muchos, muchos años atrás. Era entonces cuando podía hacer lo que siempre le gustó, porque ese era su hobby, una antigua afición que le quitaba todo su tiempo. Pero merecía la pena. Nadie había conseguido, ni conseguiría nunca, una colección como la suya.

Por las mañanas, Luciano Fernández se levantaba hecho unos zorros. Había sido dura la búsqueda esa vez, siempre lo era. Entonces, Luciano presentaba un aspecto completamente diferente al habitual. No, no me refiero a la pinta que solemos tener todos al levantarnos. Lo suyo era distinto. Luciano entonces no era el mismo, nadie le reconocería en ese ’su otro estado’, en ese su verdadero estado. La piel enrojecida, de un rojo intenso en algunas partes. Una piel gruesa, llena de protuberancias y señales repugnantes. Esos cuernos retorcidos saliendo de su frente, uno de ellos ya muy cascado. El rabo viscoso e inquieto. Sus pies y manos como garras de un reptil o un saurio. Y su barbilla infinita, que recordaba las barbas de los chivos, larga como un demonio. ¿Como un demonio he dicho? Sí, Luciano Fernández antes de sufrir su metamorfosis diaria para ir al Ministerio era lo más parecido a un demonio… era un demonio.

Y todas las mañanas igual. Sentado en la inútil taza de vater, que nunca utilizó y ni siquiera se preocupó por enterarse para que servía; Luciano, salto a salto, espasmo a espasmo, conseguía su aspecto cotidiano de diligente funcionario. Luego, abrir las cortinas y alguna ventana, pasar un trapo a algún mueble polvoriento y, sobre todo… sobre todo guardar cuidadosamente su tesoro más preciado. Mejor dicho, su único tesoro. Ese que llevaba mimando y ampliando cada día desde hacía un tiempo. Una enorme tabla que Luciano guardaba en un nicho realizado en una pared exterior de su casa. Una tabla enmarcada con unos junquillos de madera y con un cristal encima. Una tabla como esas donde los coleccionistas de mariposas y otros insectos pinchan disecadas sus cotidianas presas.

Pero esta tabla de Luciano era especial. No eran insectos lo que Luciano guardaba y ordenaba con especial cariño. Alineados perfectamente en columnas de seis, de arriba a abajo, se veían en la tabla decenas, quizá algún centenar de tiernos angelitos fijados por un alfiler en el exacto centro de gravedad de sus pequeños cuerpos. Decenas o cientos de angelitos, con sus alas perfectamente desplegadas y escrupulosamente intactas. Sus túnicas azules, como almidonadas, que no se hubieran levantado nunca dejando ver el sexo de los sacrificados angelitos, aunque se hubiese dado la vuelta a la tabla. Sus ricitos rubios, como recién salidos de la peluquería. Todos descalzos. Todos ‘impecables’. Todos disecados. Y en la cuarta fila, en una de las columnas de la derecha, su ejemplar preferido. Un ejemplar único. Un deslumbrante angelito negro como el betún, que aún conservaba el gesto de alegría y una cierta frescura en su piel. “Una piel -pensaba Luciano- que sería, sin duda, de características diferentes a las pieles de los demás angelitos, para no haberse secado del todo todavía”. Una ‘piel de ángel’ que provocaría en cualquiera mayor excitación que ninguna otra… Por ese ejemplar sí que valía la pena tanto esfuerzo.

Luciano guarda todas las mañanas su preciada tabla en el hueco de siempre y después lo cierra con llave, la misma llave de la puerta de su casa. Era una colección ‘fantástica’. Después se viste y sale de casa camino del Ministerio. Y mientras sale, y se dispone a enfrentarse con su frío ordenador, Luciano Fernández se dice a si mismo, con convicción, todas las mañanas: “Nunca nadie podrá igualar tu colección. Nunca ¿sabes? Nadie ¿sabes?”.

  DesvaríosDVDCano :: 10.07.2007 @ 02.58

Tras tres años y medio de convivencia se dieron cuenta de que no eran nada. Las horas se desvanecían entre los dos, que habían reducido la comunicación a lo mínimamente imprescindible. Por la noche él se iba a la cama a leer mientras ella apuraba el último cigarrillo, y el último tras el último y alguno más después, viendo su teleserie favorita o jugando un rato con sus personajes de ficción de los ‘Sims’. A veces echaban de menos aquel tiempo en que usaban por turnos el colchón (taciturno, como la canción de Mecano). Esa época en que él trabajaba de noche en una fábrica y ella ocupaba las tardes dando clase en un colegio privado. No tenían apenas horas pero hacían siempre lo posible por coincidir, tan sólo fuera un rato. Ahora tenían todo el tiempo del mundo, ella dejó las clases y trabajaba en casa, él pasó a ocupar un puesto de comercial en su empresa y solamente trabajaba las mañanas y un par de tardes por semana. Pero cuanto más tiempo estaban juntos mayor era el abismo de incomunicación que se abría entre ellos.

Una noche, mientras cenaban, ella le miró con cariño y el se asustó. Algo tenía que pasar y no le traicionó la intuición. Empezaron a sudar las palmas de sus manos y de repente sintió ganas de llorar. Cuando ella se dio cuenta pensó que no podía dejar pasar más tiempo y se lo dijo: “No somos nada”. “Sí, cariño”, contestó él. Pero era tarde.

Esa noche no durmieron juntos. A la mañana siguiente no se hablaron, como era ya costumbre. Ella preparó el zumo y las tostadas integrales, para salir inmediatamente después. Salió pronto, tenía hora en el dentista. Él cogió su maletín y caminó por la ciudad. Cada cierto tiempo sacaba su móvil del bolsillo para mirar si ella le había dejado algún mensaje. Deseaba con toda intensidad que le dijera que no era cierto, que eran algo el uno para el otro. “No somos nada, no somos nada, no somos nada…”, la frase se repetía en su cabeza como una letanía martilleante. No lo quería creer, pero la idea le iba inundando el ánimo hasta convertirse en lo único a su alrededor. Entonces apareció aquella furgoneta de mensajero y apenas le dio tiempo a convencerse de que la frase era ya una realidad. Ahora sí que no era nada.

Cuando un compañero de trabajo le comunicó la horrible noticia ella la recibió con frialdad, diría que con indiferencia. Había desaparecido su nada. Esa misma noche reparó en su error. Le echó de menos y lloró durante días enteros. Desde entonces apenas habla con nadie, tan sólo con sus perros. Apenas sale, apenas come, apenas piensa, apenas vive. Ella también quiere ser nada.

  DesvaríosDVDCano :: 06.07.2007 @ 23.31

España no se romperá, pero yo me parto. Falta uno varios días y el Presidente del Gobierno se convierte en un buen (y fluído) orador, media tele se va de vacaciones y encima cambian el gobierno.

Lo más descorazonador es que lleva uno años defendiendo que no hace falta ser médico para ser Ministro de Sanidad y resulta que nombran a uno, bastante popular además. Y a un crítico literario Ministro de Cultura, que esto sí que rompe el alma (cuando menos).

De no ser porque es muy fastidiado, diría que estaba mejor padeciendo la varicela. Pero eso ni en broma. Lo peor es que los granos no solamente salen a la vista. Los peores no se ven, y son en la lengua o el paladar. Afortunadamente no he tenido en el paladar, pero el de la lengua me ha impedido hablar un par de días, y eso sí que es castigo para un charlatán como yo. ¿Que si no puedo hablar escriba? Bueno, cuando no hay ánimo y te duele hasta el tragar saliva, pues no se puede ni escribir. Pero ahora que ya pasó os vais a enterar. :)

  DesvaríosSenador Palpatine :: 28.06.2007 @ 10.57

Sucedió una mañana de nochebuena de hace un par de años.

Caminaba sin rumbo fijo por la calle, con la idea de comprar algo en un kiosco, alguna revista o alguna película con la que hacer pasar las horas hasta que llegase la inevitable cena.

La Navidad es una época extraña, mitad melancólica, mitad feliz. Hecho de menos a personas y me siento solo, pero al mismo tiempo me molesta cuando el calendario marca el 7 de enero y todo ha terminado.

Entre en un kiosco al que rara vez iba, cercano a mi casa. No había nadie excepto la vendedora.

Ojee durante un rato las estanterías y al final me decidí por un par de revistas y dos o tres comics.

Pagué y antes de irme le comenté algo a la señora, una mujer de unos 50 años, cuyo rostro me sonaba de otras veces. No recuerdo qué le dije, supongo que algo referente a las fiestas, algo dicho en tono amable, una especie de abrazo a un desconocido en unos días en los que un gramo de ternura siempre se agradece.

Y entonces, sin mediar ninguna razón aparente, la mujer empezó a hablar.

Alguien muy cercano a ella se estaba muriendo. No había esperanza, no sólo por la enfermedad sino por la edad que esa persona tenía. En el hospital incluso, la habían mandado para casa, porque decían que ya no se podía hacer nada.

Me contó llena de angustia, todo lo que sucedía y sus ojos se iban llenado de lágrimas mientras lo relataba. Sin llegar a desbordarse en ningún momento pero al mismo tiempo sin dejar de brillar.

Hablaba en voz baja, como en medio de un sueño, como si estuviese adormecida por algún tranquilizante que hubiese tomado. Y me miraba fijamente a los ojos, pero sin verme.

Tal parecía que estaba hablando con el vacío, con la única esperanza de sacar todo su dolor y lanzarlo fuera de ella, necesitada de una válvula de escape que la hiciese sentir un poco mejor, que la liberase de una losa que pesaba demasiado.

Me estaba contando todo aquello que no podía contar a los que la rodeaban, quizás porque era demasiado íntimo como para hablarlo con familiares y amigos. Tal vez porque ese dolor también les tocaba a ellos muy de cerca y cuando estaba a su lado necesitaba fingir que era fuerte para evitar sumar más tristeza, para que ellos le llorasen a ella y tragarse así las penas de todos mientras trataba de consolarlos.

Pero un desconocido no te juzga y si lo hace no importa, porque no es nadie en tu vida. Solamente te escucha (si tienes suerte) o finge que te presta atención mientras hablas. Pero con eso es suficiente. No hace falta nada más.

Oí su historia en silencio, sin interrumpirla apenas y cuando terminó traté de decir algo evitando recurrir a tópicos o frases hechas que no sirven de nada y que a veces solo parecen un insulto al dolor del otro.

Sólo pude decirle, con toda la ternura de que fui capaz, que nunca perdiese la esperanza. Es lo que siempre me digo a mí mismo e ignoro si funcionó para ella, pero al menos no le mentí, no le dije que todo iba a ir bien o que las cosas se iban a arreglar.

Fue una frase sencilla y simple, inútil, por supuesto, pero ella no necesitaba oír nada. Solo hablar y contar en voz alta, sólo llorar sin escuchar el eco de sus propias lágrimas.

Le acaricié el hombro y le desee mucha suerte.

Nada más excepto ese gesto vacío podía darle.

Espero que de alguna forma, algo de aquello le sirviese de consuelo y ayuda.

Y me fui a mi casa caminando, sintiéndome como un personaje impotente en medio de un cuento irreal y trágico.

Uno de esos cuentos tristes que no deberían suceder ningún día del año, pero menos un 24 de diciembre.

  DesvaríosSenador Palpatine :: 27.06.2007 @ 12.13

Tenía el pelo rojizo como un fuego en medio de la noche, de esos que te guían y te hacen sentir que a su lado no pasarás frío.

Seguía conservando la misma mirada dulce y pícara que cuando tenía 15 años y podía generar un terremoto en una sala de billares con solo inclinarse sobre el tapete mientras acariciaba con suavidad el taco para romper de un golpe la bola.

Pero de eso ya había pasado bastante tiempo y aunque los efectos que producía la visión de su cuerpo eran los mismos, había historias y heridas y ocultas que habían borrado hace años a la niña que un día había sido.

Antes te pediría una noria y unos zapatos rojos y ahora se conformaba con un par de copas y una noche sin demasiadas preguntas en una habitación desconocida.

Ni siquiera pedía ya que le dijesen un falso “te quiero”, de esos que suenan a verdad entre sábanas y piel desnuda pero que se sabes que se apagarán cuando el deseo se consume y la respiración y el pulso vuelvan a su estado normal.

Sólo quería un cuerpo caliente que le hiciese olvidar que mañana habría un nuevo día tan amargo y oscuro como todos los demás.

El estaba sentado jugando con un paquete de cerillas entre los dedos, frente a un cenicero lleno que parecía a punto de desbordarse.

Llevaba un rato mirándola, de reojo al principio, con un cierto descaro más tarde, olvidando en el color de sus ojos y en las promesas de su blanca piel que fuera había un mundo oscuro y ajeno que hacía tiempo le había dicho que no contaba con él.

¡Qué demonios!, pensó. Nada se perderá por invitarla a una copa e intentar descubrir que esconde bajo la ropa y que es lo que hay en el lugar oscuro donde esas largas piernas se juntan. Seguro que su boca sabe a gloria y que sus labios son capaces de hacerte olvidar hasta como te llamas.

Y se acercó a ella sentándose en el taburete contiguo, con esa determinación que produce el alcohol y el no tener nada que perder.

“¿Te apetece otro de lo que estés tomando y un poco de conversación sin muchas preguntas?” – dijo él, con la mejor de sus voces, suave y tranquila.

“Llevo un buen rato pensando en cuando te decidirías a dejar de mirarme desde tan lejos”. – contestó ella sonriéndole y atrapándole el alma con los ojos.

  DesvaríosDVDCano :: 15.06.2007 @ 11.56

¿Y por qué los premios se fallan? Hombre, no siempre es tan así de malo. A veces también aciertan. Preferiría que anunciasen el acierto del jurado, antes que su fallo. Seamos positivos, hombre.

  Desvaríos, DiseñoDVDCano :: 08.06.2007 @ 10.38

¿Por qué enigmática? Hmmm… es una duda que me asalta. Fijaos, esta letra mira a la derecha si es mayúscula, cuando sin embargo la minúscula está mirando a la izquierda.

Letra DNo es algo habitual. La letra b es doble si es mayúscula pero sencilla la minúscula. Esto parece normal. Algo parecido pasa con otras letras. Pero lo de la d debe tener una explicación que ignoro y me inquieta. Están enfrentadas, cada una mirando a la otra. Mi nombre contiene dos, abriendo y cerrando la palabra, y ambas no paran de mirarse provocando una tensión que comprime a las otras tres letras. ¿Por qué esa diferencia? No tiene sentido, parece como si fuesen letras distintas, una redondeándose hacia el lado contrario en el que lo hace la otra.

Ya sé, ya sé. Son pensamientos de un demente. Lo cual me inquieta aún más.

  DesvaríosDVDCano :: 24.05.2007 @ 21.01

Si unimos estos principios, uno enunciado por el saber popular y el otro procedente de unas leyes incuestionables, obtenemos resultados sorprendentes.

El del saber popular dice así:

Un gato siempre cae de pie.

Y el otro, una de las leyes de Murphy:

Si untas mermelada en una tostada y se cae al suelo, caerá siempre con el lado de la mermelada boca abajo.

Pues bien, si hacemos ambas cosas a la vez, conseguiremos la ingravidez.

He aquí la demostración gráfica:

Resultado de la prueba

[Nota: Prueba realizada en laboratorio. Se ruega no hagan comprobaciones superfluas en casa. Y, en todo caso, atiéndase al corolario de Jenning, que dice lo siguiente: "La probabilidad de que la tostada caiga con la mantequilla hacia abajo es directamente proporcional al precio de la alfombra". Así que, ya sabéis. Al que no le funcionase ya puede plantearse mejorar la alfombra. Las leyes es lo que tienen, que no hay quien las discuta.]