Hay películas que, seguramente sin proponérselo, se convierten en clásicos desde el mismo momento en que se proyectan en una pantalla de cine.
Los motivos pueden ser variados, un excepcional guión, un puñado de actores en estado de gracia, un director en un momento especial de su carrera, una música perfecta que envuelve las imágenes y una ambientación cuidada que te hace sentir que lo que estás viendo es real y no una mera y artificial recreación.
Y algo más, por supuesto.
Esa chispa de genialidad de la que nadie conoce la fórmula, pero que hace que el conjunto sea superior incluso a la suma de los magníficos elementos de partida.
L.A. Confidential es todo eso y mucho más.
Recrear el cine negro americano clásico (el de los años 40, fundamentalmente) en nuestros días, suele dar como resultado (hay bastantes ejemplos) un producto artificial que chirría terriblemente y que sabe más a rancio y a un “quiero y no puedo”, que a una obra con entidad propia.
Sin embargo en la película de Curtis Hanson, aun desconociendo sus intenciones originales, todo suena fresco, compacto, mágico y fuera del tiempo. Quiero decir con esto que, si sustituyésemos la hermosa fotografía en color, por el fascinante blanco y negro y cambiásemos a los actores, por los clásicos rostros del pasado, nos sería prácticamente imposible identificar en que año se rodó el film y podríamos fácilmente colocarlo a la altura de otras obras maestras del género como “Retorno al pasado”, “Los insobornables” o “Laura”.
Partiendo de un guión perfecto, redondo y sin fisuras, que adapta la maravillosa novela de James Ellroy del mismo título (con un final ligeramente diferente, que en su día molestó a algunos puristas, por dulcificar ligeramente el desenlace literario), la película retrata una trama donde confluyen policías corruptos, gangsters de medio pelo, periodistas sensacionalistas, prostitutas de lujo operadas para parecer estrellas de cine, arribistas, policías que perdieron sus sueños e ideales por el camino y tipos duros con más corazón que cerebro.
Todo ello enmarcado en un ambiente real, un Holywood y una ciudad (Los Ángeles), que se nos muestra en todo su esplendor fingido sin ocultarnos toda su trastienda de miserias y su submundo escondido tras los “decorados” de cartón piedra.
Y por encima de todo unos actores excepcionales bordando los papeles de sus vidas.
Un Rusell Crowe, de rostro y mirada petrea, capaz de pasar de la furia más brutal a la ternura más absoluta. Guy Pearce, en el mejor papel de su irregular carrera, con sus gafas de petimetre, sediento de ascensos y de gloria, pero con unos ciertos ideales aún intactos. Una Kim Bassinger inolvidable (ganadora de un merecidísimo oscar), más hermosa y real de lo que ha estado nunca.
Y por encima de todos el enorme Kevin Spacey, más inmenso y genial aún que en “Sospechosos Habituales” (otro clásico) o en “American Beauty”. Dos escenas suyas en la película aportan más que la carrera completa de miles de actores juntos.
Él llega, con dos simples miradas, a alturas que otros ni siquiera sueñan.
Una, frente a un espejo, contemplando las arrugas de su rostro, los ideales que se quedaron por el camino y preguntándose en silencio, sin palabras, solo con gesto desencantado que sabe a derrota, si aún recuerda por qué decidió hacerse policía hace millones de años.
Otra, su escena final, en la que con un simple cambio de brillo en sus ojos, escenifica el final más creíble, real y memorable que yo he visto de un personaje en una pantalla de cine.
Jack Vincennes (Spacey), que compagina su trabajo en el departamento de policía con el de asesor de la serie “Placa de honor”, que acepta sobornos de periodistas para vender noticias de detenciones de estrellas de Hollywood. El Sargento Vincennes, cuyas últimas palabras (“Rolo Tomassi”, particular nombre fetiche del que esto escribe), desencadenan en una genial chispa argumental (no existente en la novela de origen) todo el desenlace de la película.
Pero hay más, mucho más.
El rostro de Lynn Bracken (Kim Bassinger), la prostituta de corazón tierno con toda una vida a sus espaldas, que sabe ver más allá de la aparente tosquedad y brutalidad de un Bud White (Russell Crowe) atormentado por los fantasmas de su pasado y por toda la basura de su presente.
Un Ed Exley (Guy Pearce), tratando de demostrarse a sí mismo y a los demás que puede llegar a donde su padre lo hizo, atrapando a un asesino anónimo y sin rostro que solo existe en sus dolorosas pesadillas de la infancia.
Y por último, un villano a la altura de las circunstancias, el genial, sibilino y pérfido Dudley Smith (James Cromwell), tan canalla y oscuro como aparentemente intachable e inmaculado.
Podría estar horas hablando de esta película (y alargando este “ladrillo” hasta el infinito). Mencionar frases con sabor clásico que guardo en la memoria y que salpican toda la película.
No lo haré.
Es mejor que la veáis y la disfrutéis. Que os dejéis mecer por su magia sin emplear más palabras que no reflejan ni de lejos, la intensidad de cualquiera de sus fotogramas.