La fiesta ha terminado.
En una habitación medio en penumbra, dos hombres.
Uno, un brillante abogado homosexual, con el cuerpo carcomido por una terrible enfermedad, anclado a un gotero cuyo soporte utiliza a modo de bastón.
El otro, un abogado negro lo suficientemente loco o idealista como para enfrentarse a un poderoso bufete, en un caso con escasas posibilidades de éxito.
Suena un disco de fondo. María Calas susurra una trágica canción.
El abogado enfermo, con el cuerpo convertido en un saco de huesos, cierra los ojos y traduce las palabras de la cantante. Las recita como en un lamento que le traspasa el alma. Siente la música en sus entrañas. Le está hablando de su vida.
En esos momentos finales, se desprende de todas las máscaras, se desnuda y muestra lo que siempre fue, sin esconderse, sin miedo al mañana que nunca llegará.
La música asciende y llena la sala. Su voz se eleva y la acompaña. La Calas canta … yo soy la vida, yo soy el amor. El se pone en pie y la luz baña su rostro espectral, medio vivo. Ya casi muerto.
Mitad soñando, perdido en un delirio, alza la cabeza al cielo y sonríe con los ojos cerrados, mientras el abogado negro le observa fijamente, con expresión sobria y lágrimas serenas resbalando por sus mejillas.
Entonces lo entiende todo. En ese momento de verdad, en ese punto sin retorno, ya no ve un caso por el que luchar. Solo contempla a un ser humano que sufre y muere, victima de una enfermedad absurda, que siente cómo la vida y el aliento se les escapan entre los dedos demasiado pronto (¿alguna vez no lo es?).
Apenas más cosas a destacar, en una película seguramente menor.
Sólo el recuerdo imborrable de las canciones de Bruce Springsteen y Neil Young.
Pero esa escena vuelve a mí cuando menos me lo espero, grabada en mis recuerdos, sin posibilidad de olvido.


















