Días extraños en los que sólo le apetecía llorar y escupirle al mundo que nada de esto era justo. Todos tenemos nuestros destinos escritos y una fecha de caducidad, pero siempre se negó a aceptar que su vida no fuera diferente y que al final en truco de magia, un chasquido de dedos y un par de pases hicieran salir al conejo de la chistera.

Se sentía inmensamente solo, comiéndose las lágrimas a bocados. Intentando fingir y disimular sin saber cómo, temiendo que su pena y su dolor provocase un dolor mayor en los que le rodeaban.

Mierda de vida que te da una y te quita quince. Maldita puta.

Y al mismo tiempo pensaba que era ridículo maldecir lo único que deseas que no se vaya.

Así que, sin remedio, se seco las lágrimas. Se maldijo por haber filtrado gotas de su dolor a otros y no haberlas mezclado con alcohol para que se ahogasen. Y decidió escribir, a mitad del recorrido, una historia llena de luz y felicidad, en una tarde de campo, rodeado de seres queridos con una sonrisa perenne en los labios.

No sabía por dónde empezar, pero sabía que el cuento tenía que estar rebosante de aire puro y que el olor a hierba y las carcajadas tenían que ocupar cada línea. Una historia de vino alegre, manteles de papel, risas y críos corriendo por todas partes.

Se imaginó la escena, pero le faltaban palabras para darle forma.

Así que empezó a arrastrar los dedos sobre el teclado y dejar que todo saliese como quisiera salir.

Y empezó así: “El sol parecía acariciar las risas e iluminar los rostros, como uno más a la mesa, compartiendo la sangría y riendo tímidamente mientras el vino iba poco a poco calentándole la sangre…”

Y funcionó, porque cuando terminó de escribir el cuento, las lágrimas de sus mejillas se habían secado.