Poco hay que decir. Hace unos años conocí a un gato. Hoy puedo sentirme orgulloso de llamarle amigo. A pesar de las tormentas aquí seguimos, dando guerra, por muchos años, bribón. Y con muchos más que siempre estarán contigo.
Archivo mensual
El teléfono suena. Ella espera para atender la llamada. No es que esté haciendo algo de interés, más bien no hace nada. Pero le gusta escuchar como suena el teléfono e imaginar la fugaz angustia de la espera en quien llama. Al final levanta el auricular y dice: “Sí, digame…” Podría haber dicho otra cosa, pero es así.
Al otro lado un nada impaciente comunicante. A él le hubiera gustado que esperara un poco más para coger la llamada, ya que estaba aclarando su voz y aún le había pillado medio carraspeando. Lo que vino después carece de interés al tratarse de una de esas aburridas peroratas que tienen ensayadas los vendedores de móviles o conexiones de Internet a alta velocidad.
Pero afortunadamente alguien escuchaba al otro lado, una mujer de mediana edad que apenas había atendido a lo que querían venderle. Su atención se había centrado en aquella voz que le sonaba tan sugerente como conocida.
“Eres Gabriel”, inquirió ella en tono afirmativo. Un sonoro silencio se hizo en la línea telefónica. Al otro lado Gabriel se fue haciendo pequeñito. Eso fue lo que sintió y deseó que pasara a un tiempo. Empequeñecer hasta poder entrar por las ranuras de su teléfono y viajar por un mar de cables tendidos, hasta llegar a salir del otro extremo.
Ella había sido su gran amor, aunque les separara un mundo de historias, una distancia inasible de desencuentros, un cielo inmenso de contrariedades. Consiguió separarles la vida, la misma que había logrado juntarles a ambos extremos de una comunicación telefónica.
Él logró salir de su pasmo. Ella lloraba de forma contenida. El llanto había entonces empañado los ojos de ambos. Se escuchó un suspiro entrecortado y los dos colgaron.
Hoy Gabriel está pensando en volver a llamarla, y ella sigue sentada al pie de su teléfono, viendo algún insulso programa de televisión y repitiendo mentalmente la misma frase: “Era Gabriel, sí, era él”.
Roy Lichtenstein - Roomates (1994)
Resulta que hace unos días el diario 20 minutos comunicó que despedía a un grupo de redactores, algunos de los cuales tenían cierto puesto de responsabilidad y/o eran firmas destacadas del diario. La explicación de su director fue que la crisis les obligaba a reducir costes. La incidencia de la crisis en la prensa gratuita parece de mayor importancia, por el hecho de que viven exclusivamente de la publicidad, y esta parece haber descendido de forma considerable.
No voy a cuestionar lo que dice el director de esa publicación, aunque ciertamente me parece que la prensa de pago también vive casi exclusivamente de la publicidad. Si tenemos en cuenta lo que se queda el quiosquero (que no es poco, al tiempo que es merecido, ya que en esta historia es el único que madruga, además de pasar frío, calor y lo que venga), y lo que cuesta el transporte y distribución, realmente del euro que cuestan muchos diarios (Público la mitad, por ejemplo) no creo que termine parando mucho a la empresa editora. Aún así, los diarios de pago se publicitan con frecuencia en otros medios, con lo cual me imagino que el balance es finalmente en su contra, aún considerando la pequeña parte de ingresos que se llevan de la venta del diario.
Lo que sí me interesa es hacer una reflexión sobre otra decisión anterior del diario gratuito que menciono. Vaya por delante que es mi diario gratuito preferido, además de que aprecio su trabajo, tanto en la edición en papel como la digital. Además creo que ha prestado un buen servicio a sus lectores en determinados momentos claves en la historia reciente de España, como en las horas previas a las elecciones del 2004, a su vez horas posteriores al brutal atentado de los trenes en la Comunidad de Madrid. No pretendo, por tanto, hacer un juicio sumarísimo a este medio ni a ninguno, sino que solamente voy a unir dos hechos relevantes en esta historia. Hace unos meses el diario 20 minutos decidió no publicar publicidad relacionada con la prostitución, que como todo el mundo sabe aporta importantes ingresos a los diarios que sí los publican, que son la mayoría.
Uniendo ambas realidades, en primer lugar la supresión de la publicidad de contactos sexuales, y luego la reducción de personal (y supresión de algunas colaboraciones) en el diario; mi conclusión es si no habrían podido evitar las putas que despidieran a gente de ese medio. Al final va a ser que las putas podrán salvar medios de comunicación. ¡Anda que no!
Siento si a alguien le parece un despropósito esta reflexión, y quizá piensen que debería ir bajo el epígrafe de “desvaríos”. Pero es cierto que lo pienso. A mí no me molestan los anuncios de relax, masajes o cómo quiera que sea el eufemismo utilizado. Paso las páginas de un tirón y listo, de igual forma que hago con los anuncios breves o clasificados sean de lo que sean. La publicidad por palabras, ya sea inmobiliaria o de prostitución, como que no me seduce. Pero si sirve para que un medio no se empobrezca, trabajen con medios, el personal suficiente y hagan un buen producto (como ha sido, al menos hasta ahora, el medio al que me refiero, a pesar de ciertas discrepancias que pueda tener con su estilo o línea editorial) pues bienvenida sea.
Si las palabras a precio tasado pueden salvar diarios, benditas sean. Aunque anuncien guarrerías.
He elegido hablar de la TDT después de un tiempo de silencio en este blog, motivado por la necesidad de replantearme algunas cosas. Las decisiones que había de tomar están tomadas e iré contando todo aquí. En cualquier caso el blog seguirá, y de hecho está llamado a convertirse (junto con los foros de esta web) en los dos puntales de laGatera, las dos cabezas visibles. Ya iré contando y se irá viendo.
Pues bien, el apagón digital ya ha llegado a Soria. En menos de dos años será una realidad en toda España, y ahora es el momento de replantearse la TDT que queremos. Los ‘multiplex’ impuestos han obligado a que cada canal explote tres o cuatro canales, lo cual ha hecho que se incremente la oferta televisiva de forma importante. Pero ¿a qué precio? Un canal de televisión en HD requiere ocupar al menos dos (sino tres) de los canales de un multiplex. Si la tele que tiene cuatro canales quisiera emitir solamente en HD tendría que prescindir de al menos la mitad de su oferta.
Por otro lado, si ahora nos parece escandaloso que ningún canal emita en HD también habríamos de pensar que mucha gente no tiene un receptor HD, por tanto no podría ver esos canales (que vería en su aparato de televisión con la imagen distorsionada y borrosa, lo cual crearía ciudadanos de segunda y tercera. El HD se reserva de momento, por tanto, a la televisión de pago.
Mientras unos piden la reducción de la oferta, para poder repartir la tarta publicitaria de forma más óptima, otros no lo ven justificado ni siquiera por una exigencia técnica y de calidad que a medio plazo será inevitable: la alta definición.
¿Y el espacio radioeléctrico que se liberará cuando se apague la televisión analógica? Bueno, parece que el ministerio de Industria tiene otros planes para todo ese espacio, porque también podría emplearse en nuevos servicios de televisión digital, y el reparto de la publicidad solventarse suprimiendo la de la pública, como sucede en algunos países.
Leía el otro día a un directivo que deberían dejar que existieran tantas televisiones como quisieran los empresarios dispuestos a mantenerlas, poniendo el ejemplo de la prensa diaria. Pero esto entra en total contradicción con la realidad, ya que si bien no hay limitación para editar diarios (salvo los recursos naturales necesarios, como el papel o la tinta), aunque sí la hay en el caso de las televisiones. Esa limitación es sencillamente el espacio radioeléctrico, que no es ilimitado.
Y tú, ¿qué opinas? Cómo crees que debe reconstruirse el diseño de la televisión digital en nuestro país, de cara a un futuro cercano.
A veces las palabras sobran.
Nunca vas a leer esto. Ni siquiera imaginarás que alguien lo haya escrito. No sabrás jamás mi nombre y el único momento de nuestras vidas en el que nos hemos cruzado (unos escasos cinco minutos, en el hall de un hotel), puede que ya ni siquiera lo recuerdes.
Pero me gustaría volver a encontrarte. ¿Quién sabe si puede pasar? En este extraño mundo, todo es posible. Y me gustaría poder hacer algo que sé que no sabré hacer: darte las gracias y tratar en vano de que seas capaz de entender lo feliz que me has hecho y la enorme gratitud que siento hacia ti.
Yo sólo era un desconocido. Uno de tantos, medio frikies, medio absurdos, que se acercan a hacerse una foto contigo, como un ridículo “trofeo” que enseñar a los conocidos cuando llevas un par de copas de más.
La persona que me acompañaba, era tan anónima como yo. Salió a tu encuentro y con una sonrisa, te dio las gracias por algo que quizás a ti te pareció extraño: porque sin conocerte, durante unas semanas, a través de una pantalla de televisión, la habías sacado de sus desgracias, de sus miedos y dolores y la habías hecho sonreír, llenarse de alegría y amar un poco más la vida.
Sin embargo, a pesar de lo loco que pudiese parecer su comentario, tu respuesta no fue fría. Tu gesto, espontáneo, natural, franco y sincero (y yo me precio de saber cuando alguien es pura bondad y no fachada), fue darle un beso y un cálido abrazo, decirle lo bonita que era, mirarla a los ojos y preguntarle como le iba todo y cómo estaban las cosas.
Te sentí tan real, tan cercana, tan hermosa, que ni siquiera reparé entonces en mirar tu hermoso cuerpo. Soy incapaz de recordar siquiera la ropa que llevabas. Sólo recuerdo el brillo de tus ojos y tu cálida sonrisa, esa que nunca olvidaré.
Te hubiese llenado de besos en ese instante y te hubiese regalado los tesoros de mil mundos, si los hubiese tenido en mis manos.
Sólo por tu bondad, por ese gesto hermoso hacia una desconocida que te abrió su corazón y que recibió de ti un abrazo que quizás nadie le había sabido dar en muchos años.
Tú se lo diste, sin esperar nada a cambio.
Y ahora yo te debo algo que nunca te podré pagar.
















