Baby’s got blue eyes, que decía la canción. Sólo que los suyos eran del color del cielo más extraño y al mismo tiempo te invitaban a quemarte en los pecados más desconocidos del infierno, incluso a inventar algunos que ni siquiera la mente más enferma hubiese imaginado.

La mía sí, por supuesto. Tenía el tiempo, la capacidad y el cinismo necesario para visualizarla en formas que ni siquiera soy capaz de explicar con palabras.

Cantaba, medio agazapada entre las sombras en medio del humo y de risas de borrachos que (milagrosamente) enmudecían en cuanto la niña comenzaba a susurrar sus viejas canciones, creando historias nuevas a partir de viejas y raídas notas. No era su cuerpo lo que te hacía perder la noción del tiempo y olvidar tu nombre o que existía un mundo fuera más allá de la oscuridad de aquellas paredes incrustadas de humo y de olores rancios. Era su voz lo que te hacía desearla hasta perder el norte y las promesas que su mirada te ofrecía en cada palabra que sus labios transformaba en mundos oscuros en los que perder el alma postrado a sus pies.

Era Lolita, Dorothy en Oz y Dorothy envuelta en el terciopelo azul que viste el sueño de los monstruos deformes. En la Ciudad de Ninguna Parte, en las cloacas más sórdidas del inframundo, ella presidía los akellarres de sus acólitos, cada noche, llenando la oscuridad, mientras el nuevo día amanecía en las calles desiertas y la oscuridad se hacía eterna a su alrededor, borracha de su voz que sonaba a muslos húmedos y labios que te devoran el alma.

Cantaba sólo para mí, para nadie más en todo el jodido mundo. Y eso mismo hacía creer en cada instante a cada uno de los borrachos solitarios y amargados que la contemplábamos babeantes, mientras un piano casi inaudible sonaba de fondo como banda sonora de sus historias azules, llenas de perdedores de madrugada.

Y mientras ella te miraba, el mundo podía convertirse en una puñetera bola de fuego e irse al carajo. Porque el único deseo que podías concebir era quemarte a su lado y seguir ardiendo el resto de la eternidad.