No acostumbro a hablar (mal) de la SGAE. Hace un par de años, durante una edición de Gran Hermano, algunos vecinos del pueblo de uno de los concursantes, al que no debí tratar todo lo bien que ellos deseaban, me denunciaron ante esta sociedad de gestión de derechos de autor. Me obligaron entonces a retirar algunos contenidos de la web del gato y a modificar unos vídeos a los que tuve que quitar parte del audio porque era música de afiliados a esa sociedad. Eso sí, todas las comunicaciones fueron en un tono excelente, educado y absolutamente correcto. Correspondí a su amabilidad con la mía, y sobre todo hice lo que me pedían.

Si digo la verdad, creo que en este asunto no hay verdades absolutas, como a menudo leo o escucho defender, y todos tienen parte de razón. Es un asunto complicado en el que llamar ladrones a unos no es muy útil, si lo que se quiere es arrojar luz y discutir tranquilamente sobre el tema. Ciertamente no me parecen bien algunos métodos expeditivos de las asociaciones de derechos, e incluso me indigna que si alguien tiene que vigilar en que medida respeto la protección de derechos, lo haga saltándose la legalidad a la torera, y también la ética. El que se mete en la vida privada de los demás, sea con la justificación que fuere, me parece que no tiene excusa alguna, y sabido es que ellos han entrado en bodas sin ser invitados, lo cual está muy feo.

Manuel Almeida ha escrito, en cualquier caso, la parábola del señor feo, que me parece un fino ejercicio, además de ejemplo de sentido común. Entre otras cosas termina con esta imaginaria sentencia judicial:

Ante la imposibilidad de condenar a todos los seres humanos del planeta por la constatación de una fea, pero cruda realidad, instamos al demandante a someterse urgentemente a una intervención de cirugía estética, acabando de raíz con el origen de toda esta polémica. Sin fealdad no hay feo; sin feo no hay posibilidad de constatar; y sin constatación, es ya imposible el daño moral.

Recomiendo la lectura completa de ese escrito.