Cuando tragamos mal saliva o cuando, ya sea bebiendo como comiendo, nos atragantamos, decimos que se nos ha “ido por otro lado”. ¿Cuál será ese lado? ¿Y cuál el lado correcto?

El otro lado ha tenido también una clara connotación sexual, recibiendo el sexo anal otros nombres como la puerta trasera. Es explicable en este caso, por conservar cierto secretismo que de algún modo se corresponde por lógica con una actividad realizada comúnmente en privado. Está claro que hay un lado y otro, uno es el que ha recibido desde siempre todas las bendiciones, por así decirlo, y el otro aún es prohibido y perseguido en algunos países, como una rémora de origen religioso y hasta de costumbres sociales de carácter laico. En definitiva, la religión católica nunca aceptará esa práctica sexual mientras siga sin admitir ninguna otra que no conduzca de forma directa a la procreación. Y ese lado es el otro lado precisamente porque no es el único que algunos admiten.

Pero el otro lado del que yo hablo está situado en la mitad superior de nuestro cuerpo y no en la de abajo. Es otro lado de ese otro lado de nuestro cuerpo donde tenemos la cabeza. Está en la cabeza, de hecho. Y, digo yo, que en este caso no hay un lado ortodoxo que haga considerar al otro como algo prohibido. Aquí es tan natural el uno como el otro. Es más, diría que de toda la vida del señor hemos hecho confundir a nuestra garganta, desviando por el otro lado alimentos y bebidas.

Me resulta curioso, por lo dicho, que le llamemos “el otro lado”. De alguna manera es una demostración inequívoca de lo mucho que desconocemos nuestro propio cuerpo, aquello que más cerca nos queda. Porque “el otro lado”, y también el “uno”, tendrán un nombre, ¿no? Un nombre que desconocemos, como tantos otros. Escondemos nuestro desconocimiento de esta forma, y no es un asunto puramente de terminología, lo que ignoramos es realmente que haya tal lado y tal otro. Podía haber (y habrá) decenas de lados más, pero simplificamos de ese modo.

Es gracioso, a mi juicio. “Al tragar se me ha ido por otro lado”, vale, vale. Pues ¿cuál es el lado bueno? Hablamos de nuestra garganta como si fuera un misterio difícil de descifrar y no tuviéramos mayor intención de intentar algo tan simple como conocerlo. Y, en este caso, conocer esa realidad es, ni más ni menos, conocernos a nosotros mismos.