Su voz sonaba morbosa y serena. A mírame y no me toques y, por supuesto, ni siquiera pienses en la posibilidad de que me puedas follar.

Sin embargo, mientras nos conocíamos, me contaba historias que sabían a piel y a humedades, mitad reales, mitad quizás inventadas, cuentos y fetiches que sólo iban atrapándome cada vez más en sus susurros.

Aún no sé por qué extraño motivo, poco a poco fue bajando la guardia y casi sin darnos cuenta, la voz empezó a quebrársenos y las caricias pasaron de tiernas a íntimas, lo cual hizo que acabásemos la noche empapados en sudor y envueltos en gemidos que sabían a soledad y a necesidad de sentirse en otra piel.

A la mañana siguiente, cuando me desperté, ya no estaba a mi lado pero todo me olía y me sabía a ella. Pensé en olvidarla, porque sabía que solo me traería demasiados dolores de cabeza y una adicción imposible de dejar.

Pero caí en la trampa y en un par de días ya estaba buscándola. Uno es consciente de sus vicios y sabe que los únicos que aún no tiene son los que todavía no ha probado. Y a ella ya la había saboreado hasta las entrañas y el sabor de su cuerpo no se me iba de la boca por más que intentase ahogarlo de mil maneras.

Además, no dejaba de oír su voz arañándome y susurrando en mi cabeza. Medio ronca, distante y al mismo tiempo cercana. Como una extraña mezcla de licor amargo y colillas que nunca terminan de consumirse en el cenicero.

Así que volví a ella y poco a poco, con la confianza que da haber intercambiado algo más que palabras, fue desgranando con breves pinceladas, los pequeños momentos de su vida que siempre le había negado a cualquiera.

En el calor y la oscuridad de la noche, comenzó a derrumbarse entre silencios y frases sin terminar, hasta que al fin, como dice la canción, me habló de una “historia de flores pisoteadas” y comprendí que había amado mucho y durante mucho tiempo, al tipo equivocado. A alguien que nunca le había dicho “No hay nada más maravilloso que tú en éste mundo”. A alguien que le había negado las palabras que cualquier mujer debería poder escuchar al menos una vez en su vida.

Entonces lloró. Tratando de ahogar sus lágrimas. De contenerlas, intentando fingir que no pasaba nada y que todo era producto de un pequeño desliz, de un momento puntual de debilidad. De un mal trago de esos que a veces nos llegan de pronto sin saber muy bien por qué.

En ese momento pude verla más desnuda que nunca y desee tener para ella caricias que le curasen las heridas del alma y borrar con mis besos todas las huellas que un imbécil le había incrustado en el corazón.

Le dije que era hermosa y que cualquiera que la conociese se enamoraría de ella. Que era pura magia y que tenía el don de hacer felices a todos los que la rodeaban. Que me hacía viajar a mundos desconocidos y mágicos y que no pasaba un solo minuto desde que la había conocido, en el que no tuviese su nombre en mis labios.

Y por una vez en toda mi vida, cada palabra que brotaba de mi boca era real y sincera. No había trucos, ni poses, ni trucos baratos de mercachifle de cuarta. Todo lo que salía atropelladamente de mi corazón, sin pasar por mi cabeza, era puro encantamiento por ella y por cada uno de sus gestos y susurros.

Así que me encontré noche tras noche, aullándole a su luna como un perro sediento de su boca. Soñando que era mi Nawja Nimri, en medio de una noche en la que sólo existíamos ella, yo y el agua salada que bañaba su piel.

Y prometí escribirle una canción y mil historias, para contárselas al oído en voz muy baja.

Y uno, por muy cabrón que pueda llegar a ser, a veces todavía cumple sus promesas.