En una tartana decrépita o en un cohete que te lleve directamente a las estrellas.
Porque los sueños, las emociones y tantos y tantos días grises que tú has llenado de color (como dice Melendi) no se olvidan jamás. Ni la carne de gallina, ni el “toma, toma”, ni los paseos militares, las salidas estratosféricas.
Ni la magia, Maestro.
Nada de eso se borra por verte con carro de bueyes, incapaz de pasar a nadie que no tenga un problema mecánico.
Pero ¿sabes una cosa?
Creo que ninguno de los otros se ríe al verte así, porque en el fondo aunque todos sepan que tu “coche” funciona a pedales, inconscientemente, casi sin darse cuenta, todos te temen y te respetan. Porque saben que la bestia no se ha ido, sólo está dormitando, luchando contra los elementos, agazapado, pero con el cuchillo afilado entre los dientes.
Y todos y cada uno de ellos son perfectamente conscientes de que eres capaz de sacar petróleo incluso de un pozo negro lleno de mierda.
Y porque saben que volverás. Y entonces las victorias sabrán más dulces y todos paladearemos cada segundo como si el hambre hubiese sido una agonía eterna de millones de años.
Y porque me encanta verte pelear con gigantes, armado sólo con un simple tirachinas. Soy feliz al ver tu sonrisa, medio cínica, sabedora de que se está cumpliendo todo lo que esperabas y que nada de esto te causa la más mínima sorpresa.
Porque veo tu mirada felina y sé que todo este paso por el desierto, no hace más que acrecentar tu ansia y llenarte de hambre infinita.
Y cuando tus colmillos estén afilados como cuchillas de afeitar, pobre de aquel que se cruce en tu camino.









































