A veces pienso que alguna gente es un poco estrecha de miras, que hay demasiados con orejeras virtuales incapaces de mirar a los lados y aceptar la posibilidad de otras propuestas, distintos horizontes, nuevos planteamientos. Son demasiados, y a veces no sé me siento con fuerzas de vencerles.

No lo digo por nada especial que me haya sucedido, pero al hilo de esta reflexión que me asaltaba hace un rato, me he acordado de una deliciosa anécdota que me contaba un jefe hace tiempo. Un amigo suyo, al que conozco por razones profesionales, es el protagonista de la historia del “cucurucho grande, bola grande”.

Se acerca nuestro protagonista con su mujer a un kiosco de helados en la calle con la intención de pedir un helado de cucurucho con la particularidad de querer este de tamaño grande pero con una bola pequeña. Cuando lo piden, el heladero les contesta que no puede ser. A esto la pareja contesta que le pagarán el precio del cucurucho grande, aun cuando le pongan la bola de menor tamaño, pero esto no termina de convencer al hombre del puesto de helados. Se lo explican una vez más, presentándoselo de la forma más laxa posible. “Verá usted, lo que quiero es que me ponga un cucurucho grande pero en lugar de la bola de helado que le corresponde prefiero menos helado, y por tanto mejor que ponga una de las bolas más pequeñas, que normalmente se corresponden con un cucurucho menor. Nosotros le pagaremos lo que usted quiera pedirnos. Pero, por favor, ponga el helado tal y como se lo estoy pidiendo”.

El heladero les miró entonces fijamente, con cara de extrañeza, como si tuviera delante a dos personas incapaces de entender las cosas, y les espetó: “Pero señor mío, eso no es posible. Si el cucurucho es grande, pues la bola tiene que ser grande. ¿No lo entienden? Cucurucho grande… bola grande”.

¿Qué cruz? Dios mío. Menuda cruz tenemos con algunos.