Madrugada del domingo al lunes. Cerca de las 12. No es buena hora para ver una película, sobre todo cuando sabes que el despertador te robará tus sueños a las 7 de la mañana.

Aún así, es difícil resistirse a un plato que promete ser suculento. David Cronenberg, Viggo Mortensen y Naomi Watts. Tres de mis grandes.

Pulso el play en el DVD, e intento imaginar cuanto aguantaré hasta que el sueño me venza.

Cuando me doy cuenta es la una y media y la película ya ha acabado. En un suspiro. Ni siquiera tengo sueño. No he pestañeado.

Me siento solo. Angustiado. Con una sensación de vacío en el estómago y una tímida esperanza en el corazón. Y sonrío feliz. Acabo de degustar una joya maravillosa. Una de esas películas que no olvidaré y cuyas frase resuenan en mi cabeza aún y para siempre.

Dura, cruel, brutal, salvaje, angustiosa, sin concesiones. Sabe a sangre y a cuellos cercenados por navajas de barbero. A putas sin esperanza, a vidas rotas (“Llevo muerto desde los 15 años” dice Viggo), a miserias y a maldad en estado puro. Pero también a esperanza y al beso más dolorosamente hermoso que he visto en años. Amor imposible, vidas que se cruzan un instante sin posibilidad de seguir unidas. Dolorosas existencias grises de la gente normal. Vacío cruel, maldad enfermiza de los que sólo parecen haber nacido para construir sus vidas en torno al dolor de los demás.

Putas preñadas a los catorce. Violadas, drogadas. Esclavas que sólo paren esclavas. Matones crueles y sádicos que viven del dolor. Psicópatas enfermos que a veces parecen niños perdidos. Hombres cuya única misión en esta vida es tratar de hacer lo correcto, aunque eso suponga morir en el intento o renunciar a una existencia propia.

Oscura, brutal, inmensa.

La puta vida en estado puro.