Estoy harto, hastiado, cansado y hasta encabronado con esa especie que tanto abunda del crítico de televisión que odia la televisión. En los años ochenta pensé que sería una moda pasajera. Criticar la televisión podía ser entonces como un subterfugio para criticar al gobierno. Entonces solo había dos canales y eran públicos, o sea controlados por el poder, como siempre ha sido. Esa pose trasgresora de quien escribía en un diario contrastando con el tono mucho más templado del resto de sus secciones se extendió en el tiempo, sobreviviendo al advenimiento de la televisión privada, los operadores de pago, la tele por ADSL y hasta las nuevas vías de distribución televisiva, fundamentalmente por Internet.

Y sigue estando de moda, por mucho que sorprenda (a mí, al menos). Envidio que los aficionados a los toros tengan un crítico taurino que ama y respeta la fiesta, así como el crítico de libros es un auténtico experto que venera la literatura, o el de cine ha mamado celuloide en interminables sesiones dobles o triples de cinestudio. Pero, sin embargo, el crítico de televisión odia el medio y lo desprecia con fervor de hooligan (anti-hooligan, más bien). Para ser un crítico de éxito hay que detestar la televisión, adoptar pose descreída de quien más que verla la padece, y si es posible presumir de tener un viejo aparato de televisión en el que ni siquiera puede acceder a toda la oferta televisiva. Si además de todo esto es un tipo de insulto fácil y gusta de escandalizar o epatar un poco, exaltando algunos productos televisivos, generalmente minoritarios y/o obsoletos, pues ya tiene casi ganado el puesto.

Si yo me pusiera a la altura de un crítico de televisión al uso diría que les desprecio en su estulticia inabarcable, pero basta con decir que me estomagan, y que lamento la decisión de los directores de diarios (y algún medio de Internet) de buscar ese perfil de crítico enojado por escribir sobre un medio que detesta, posiblemente asistidos por una demanda del público lector creciente en ese sentido, aunque esto me cuesta creerlo, sinceramente.

De entre los críticos que más relieve han conseguido denostando el medio del que escriben, estarían Carlos Boyero y Pérez de Albéniz. Boyero me ha hecho vibrar con algunas de sus columnas, más antes que ahora, por lo cual no le he retirado hasta ahora mi respeto, dentro de la discrepancia que podemos tener casi siempre. Pero Albéniz me ha parecido siempre que ejercía la crítica de forma patética. Realmente lamento que no se dedique a otra cosa que le haga más feliz. Antes en elmundo.es y ahora en Soitu (web en el que participo y me parece uno de los proyectos con más visos de poderse convertir en un triunfo), Albéniz firma críticas tan aceradas como injustas.

La última crítica que le he leído es sobre el programa Diario de, que presenta Mercedes Milá en Telecinco. Albéniz ha atesorado una animadversión hacia esta periodista que no es normal. No hace falta decir (a modo de disclaimer) que adoro a Milá casi tanto como la admiro, porque creo que cualquier persona normal discreparía de una crítica tan infundada y absurda. Es curioso que llame hipócrita al programa dedicado a la operación de reasignación sexual (horrible eufemismo por cambio de sexo) de Amor, la concursante de la última edición de Gran Hermano. Me resulta curioso porque su crítica sí que es hipócrita, además de insultante y mal educada.

He visto el programa en cuestión y me parece un reportaje de la mejor factura, interesante y bien hecho. Me parece motivo de orgullo que un canal privado haga trabajos como ese, mucho más que dignos. Y no, a mí no me escandaliza que se comente en horario infantil el tamaño del pene (ahora reconvertido) de Amor. Qué casposamente antiguos son algunos. Hasta parece que se la cogen con papel de fumar. Qué cansancio, qué hastío, qué hartura. Tú sí que das asco, Albéniz.

Insisto en que no quiero caer en lo mismo que censuro. Por eso prefiero callarme, porque se me acaban de calentar los dedos. Como suelo hacer, me levantaré a prepararme un café e intentaré mantener una charla amable con alguien. Ya lo dejo, ya lo dejo.