Llevo días pensando en escribirte algo que no suene a otra puta canción de amor.

Llevo noches (muchas) soñando contigo, durmiendo sin ti y despertándome cada mañana con tu nombre sonando en mi boca. Como un puto crío, atrapado entre tus piernas, tratando de decirte lo que no sé decir con palabras.

No sé ni cómo he llegado hasta aquí, fingiendo que sé escribir, aturullado entre frases torpes, robadas de canciones aprendidas hace un millón de años.

Me quedo mudo frente al papel.

Me gustaría poder abrirme en canal y mostrarte lo que siento, sin el esfuerzo vacío de tratar de explicarlo con palabras que finjo manejar bien y que se me escurren como arena entre los dedos.

Me siento un jodido inútil.

Mierda de palabras sobrevaloradas que venden mercachifles y embaucadores para sentirse importantes. A mí no me sirven para nada. No las quiero, las detesto cuando se me atascan en el cerebro y se mueven como brujas borrachas que se ríen de mis miserias.

Yo quiero mostrarme desnudo, que me arranques el corazón y lo escudriñes mientras sonríes al verlo por dentro. Agarrar tu pelo y sentir que mis ojos te lo cuentan todo. Hablarte de la ciudad esmeralda y de un camino de baldosas amarillas que había perdido hasta que te encontré. Reírme como un niño descontrolado a carcajadas estruendosas cuando intuyo tu sonrisa. Y partirte en dos mientras te mojas sobre mi cuerpo.

Contarte que siento lo mismo que tú. Que creo qué ni lo imaginas. Que vivo loco contigo y ya no recuerdo lo que es sentirse solo. Que me estremeces y me vuelves inocente y tierno. Que me gustaría inventar un millón de pecados desconocidos para devorar tu cuerpo. Y que quiero ser el cabrón que te vuelva puta cada noche y el niño que se ensucia las manos con ceras de colores mientras emborrona hojas llenas de corazones con tu nombre.

Ahora sé que el cielo es de color verde y que a algunos se les concede el privilegio de vivir sus sueños.