Dice Brad Bird, el director de la maravillosa “Ratatouille” que “Si logras que el público crea en algo que es absolutamente inverosímil, entonces habrás conseguido la verdadera magia del cine”.

Y Bird lo consigue y va mucho más allá. No solo consigue hacernos ver el hecho de que una rata pueda llegar a convertirse en “el mejor chef de Francia” como algo totalmente factible (y lógico, visto el devenir de la película), sino que además nos transporta a mundos maravillosos, nos hace disfrutar, reír, estallar en carcajadas y emocionarnos mientras acompañamos a la adorable rata Remy desde las cloacas hasta el lugar donde sus sueños de gran cocinero se harán realidad.

Calificar esta película como meramente entretenida o encuadrarla dentro de la categoría del cine de animación o infantil, es hacerle poca justicia.

“Ratatouille” es cine total que trasciende los géneros y que deja en simplistas la mayor parte de adjetivos que se le puedan aplicar.

No sólo es un festín visual inigualable, un prodigio de la técnica y un par de horas de diversión total sin el más mínimo bache.

Es mucho más. Es originalidad e imaginación en estado puro, ternura y sensibilidad. Es la vuelta a la sonrisa más franca y sincera, esa que te surge espontáneamente de dentro y que te hace descubrir que llevas un montón de tiempo absorto en la pantalla, con cara de bobalicón, sin pensar en nada más.

Es olvidarse de todo y adentrarse en su fascinante mundo de colores, sueños y pura magia.

Es, en definitiva un viaje sin retorno hacia ilusión y hacia la fantasía absoluta.

Sobran las palabras y las que se me ocurren no le llegan a la altura de los zapatos al más simple y pequeño de sus fotogramas.

Simplemente hay que verla y dejarse inundar por su magia.