Quiero que sepas que no he buscado a otra. No es que no la haya habido. Es que ni siquiera me planteo la posibilidad de que nadie ocupe tu lugar.

Tu ropa sigue aún en el armario como la dejaste y los cajones de tu mesita son pozos negros de recuerdos que casi nunca me atrevo a abrir. Sólo cuando estoy solo, (jodidamente solo) y el silencio de la noche se vuelve insoportable, con una copa en la mano y dos más en el estómago, comienzo a hablar contigo y repaso todos tus gestos.

¿Por qué te fuiste? me pregunto entonces. O mejor dicho ¿por qué algún día llegaste y me hiciste creer que estarías para siempre?

Nunca fue un engaño por tu parte. Siempre has sido del tipo de personas que sólo saben vivir en libertad, sin atarse a nada ni a nadie. Y si no fueses así nunca te habría amado. Yo lo sabía. Fue tu forma de ser lo que me llenó de vida y sólo yo soy culpable de pensar que una jaula puede retener a un espíritu sin dueño.

Y tú me amaste, eso lo sé. Sin que yo lo mereciese, tal vez. Nada había en mí que mereciese todo lo que me has dado.

Además, ni siquiera he sido nunca un tipo gracioso y divertido (mucho menos guapo). Aún hoy me sorprendo al recordar que muchas de mis tonterías de payaso te hacían gracia.

Y es curioso, pero siempre que imagino tu rostro, estás sonriendo.

Pura luz y magia en tus ojos, llenos del brillo de las estrellas más hermosas del cielo.

La casa sigue vacía y todo me recuerda a ti.

Me tumbo sobre la cama, cierro los ojos y te siento. Me pesa el aire como una losa que me ahoga y me humedece los ojos. Aprieto los puños y no quiero abrir los párpados porque sé que si lo hago te irás de nuevo. Quizá si pudiese quedarme así un millón de años, tú no te marcharías nunca.

Así, a lo mejor, no habría una nota escrita sobre la mesa de la cocina que dijese “Gracias por todo. Me voy para siempre. Nunca te olvidaré. Perdóname y no me odies. Te quiero”

¿Cómo podría odiarte si nunca hubo nada antes de ti?

Si lo único bueno que me queda en el mundo es tu recuerdo.