Luciano era un convencional funcionario al pie de una absorbente pantalla de ordenador. Su aspecto de pulcro personaje intentando terminar un trabajo de archivo y clasificación de todo un cúmulo de datos en la inefable memoria de la diabólica maquinita, no rompía en absoluto con la limpieza y la asepsia del lugar.
Su trabajo en el Ministerio de Hacienda se le hacía doblemente pesado. Por un lado, tenerse que atornillar a su silla giratoria durante ocho horas diarias comprobando e introduciendo nombres, sueldos, ingresos, supuestas declaraciones falsas. Por otro lado, ese sentirse siempre un pelín traidor colaborando en descubrir pequeños fraudes en los impuestos. Cansada le resultaba a Luciano Fernández la ocupación que le proporcionaba cobijo y una posición social despreocupada. Cansada, monótona y además cómplice de esos urbanitas vampiros del siglo XX que gestionan los tributos, siempre controlándolo todo. Su vida era, pues, todo un mar de teclas-leds-enters-cables y odiosas lucecitas en forma de letras y números, sobre todo muchos números que, al cabo de unas horas parecen todos una misma mancha verde en una pantalla. Eso era su vida desde las ocho de la mañana y hasta las tres de la tarde, en que el ‘clink’ del reloj en el que debía fichar por dos veces en el día le indicaba que todo había terminado “hasta mañana, si Dios quiere”, como le solía decir el portero de la finca, sin saber muy bien la sensación que esa expresión le causaba a Luciano Fernández. Una sensación de melancolía, desagrado, tristeza y una cierta desazón; aunque Luciano siempre respondía con una irónica sonrisa y un apresurado “hasta mañana”.
Ese sonido del reloj que siempre martilleaba al entrar y salir del trabajo, tenía en ambas ocasiones tonos bien distintos. La obligación, casi la esclavitud diaria, a primeras horas de la mañana. Una cierta liberación y, sin duda, un cambio, un quiebro en el transcurso del día, cuando el reloj suena poco antes de comer, al filo de las tres. Pero, si para todos ese último timbrazo suponía un cambio, en Luciano Fernández este cambio era insospechadamente importante…
Después de su trabajo diario, nuestro ‘convencional’ funcionario solía hacer pocas cosas, muy pocas. No comía. No, extrañamente sus compañeros nunca le habían visto tomar algo en el garito de abajo. Ni una cerveza, ni un bocadillo. Los quince minutos que consiguieron del jefe de personal del Ministerio, precisamente para tomar el bocadillo, Luciano los consumía sentado en un sillón al fondo de un oscuro pasillo. Pensando, haciendo planes, como absorto, casi muerto. Nadie sospechaba lo que podía pensar, solo él lo sabía. Y no podía ser en otra cosa. Esa era prácticamente (y sin prácticamente) su única ocupación fuera del trabajo.
Y es que la casa de Luciano cuando él llegaba se convertía siempre en una especie de misterioso templo del ocultismo y extrañas supercherías. Las puertas, ventanas, persianas, cortinas, todo cerrado, tapado, como clausurado por hoy y aislado del mundo exterior. Para los vecinos era un ‘bicho’ raro, pero tampoco llegaron a extrañarse demasiado, ya que no ‘lo’ veían apenas. Siempre iba corriendo por la calle, y en el portal: meter la llave, subir las escaleras a saltitos, entre nerviosos y alegres, y volver a abrir otra puerta con otra llave, para cerrarla después, era todo una misma cosa. Ya estaba en casa. Podía recuperar ahora el tiempo perdido, podía continuar su extraña búsqueda justo donde la dejo ayer.
Y Luciano Fernández se tendía entonces en una extraña cama de madera, en el centro geométrico del inmueble, con su cabeza orientada hacia el Norte. Y entonces parecía que dormía. O quizás dormía realmente. ¿Quien puede saberlo? El caso es que, durmiera o no, era en ese prolongado momento cuando él se sentía más feliz. Era ésa su verdadera vida. Ahí culminaba cada tarde y cada noche, sin interrupción, su proyecto de muchos, muchos años atrás. Era entonces cuando podía hacer lo que siempre le gustó, porque ese era su hobby, una antigua afición que le quitaba todo su tiempo. Pero merecía la pena. Nadie había conseguido, ni conseguiría nunca, una colección como la suya.
Por las mañanas, Luciano Fernández se levantaba hecho unos zorros. Había sido dura la búsqueda esa vez, siempre lo era. Entonces, Luciano presentaba un aspecto completamente diferente al habitual. No, no me refiero a la pinta que solemos tener todos al levantarnos. Lo suyo era distinto. Luciano entonces no era el mismo, nadie le reconocería en ese ’su otro estado’, en ese su verdadero estado. La piel enrojecida, de un rojo intenso en algunas partes. Una piel gruesa, llena de protuberancias y señales repugnantes. Esos cuernos retorcidos saliendo de su frente, uno de ellos ya muy cascado. El rabo viscoso e inquieto. Sus pies y manos como garras de un reptil o un saurio. Y su barbilla infinita, que recordaba las barbas de los chivos, larga como un demonio. ¿Como un demonio he dicho? Sí, Luciano Fernández antes de sufrir su metamorfosis diaria para ir al Ministerio era lo más parecido a un demonio… era un demonio.
Y todas las mañanas igual. Sentado en la inútil taza de vater, que nunca utilizó y ni siquiera se preocupó por enterarse para que servía; Luciano, salto a salto, espasmo a espasmo, conseguía su aspecto cotidiano de diligente funcionario. Luego, abrir las cortinas y alguna ventana, pasar un trapo a algún mueble polvoriento y, sobre todo… sobre todo guardar cuidadosamente su tesoro más preciado. Mejor dicho, su único tesoro. Ese que llevaba mimando y ampliando cada día desde hacía un tiempo. Una enorme tabla que Luciano guardaba en un nicho realizado en una pared exterior de su casa. Una tabla enmarcada con unos junquillos de madera y con un cristal encima. Una tabla como esas donde los coleccionistas de mariposas y otros insectos pinchan disecadas sus cotidianas presas.
Pero esta tabla de Luciano era especial. No eran insectos lo que Luciano guardaba y ordenaba con especial cariño. Alineados perfectamente en columnas de seis, de arriba a abajo, se veían en la tabla decenas, quizá algún centenar de tiernos angelitos fijados por un alfiler en el exacto centro de gravedad de sus pequeños cuerpos. Decenas o cientos de angelitos, con sus alas perfectamente desplegadas y escrupulosamente intactas. Sus túnicas azules, como almidonadas, que no se hubieran levantado nunca dejando ver el sexo de los sacrificados angelitos, aunque se hubiese dado la vuelta a la tabla. Sus ricitos rubios, como recién salidos de la peluquería. Todos descalzos. Todos ‘impecables’. Todos disecados. Y en la cuarta fila, en una de las columnas de la derecha, su ejemplar preferido. Un ejemplar único. Un deslumbrante angelito negro como el betún, que aún conservaba el gesto de alegría y una cierta frescura en su piel. “Una piel -pensaba Luciano- que sería, sin duda, de características diferentes a las pieles de los demás angelitos, para no haberse secado del todo todavía”. Una ‘piel de ángel’ que provocaría en cualquiera mayor excitación que ninguna otra… Por ese ejemplar sí que valía la pena tanto esfuerzo.
Luciano guarda todas las mañanas su preciada tabla en el hueco de siempre y después lo cierra con llave, la misma llave de la puerta de su casa. Era una colección ‘fantástica’. Después se viste y sale de casa camino del Ministerio. Y mientras sale, y se dispone a enfrentarse con su frío ordenador, Luciano Fernández se dice a si mismo, con convicción, todas las mañanas: “Nunca nadie podrá igualar tu colección. Nunca ¿sabes? Nadie ¿sabes?”.