El amo de los sueños despertó de su letargo.

Surgió en medio del caos, moviéndose con la elegancia de un delfín en el centro de un maremoto, donde los demás se sentían pobres náufragos a punto de ser engullidos por las aguas.

Esquivó las olas al principio, surgiendo en medio de cortinas de lluvia, sereno, como un murmullo ronco y casi inaudible en el fragor de la tormenta.

Muchos habían estado meses adorando a ídolos paganos, enterrando en vida a un Dios que solo reposaba al acecho. Le vilipendiaron entonces, dijeron que estaba acabado, que nunca había sido el elegido, solamente uno más. Negaron entonces su magia y se mofaron de él. Sólo había sido flor de un día, dijeron entre risas vanas.

El apretaba los puños, contenía su ira. Prudente, en silencio, callaba y se lamía las heridas.

“Ya vendrán tiempo mejores”, rumiaba para sí. “Aún no ha llegado mi hora”.

Y llegó sin avisar, como un huracán inesperado que surge de repente en medio de la calma. Con un cielo oscuro, abierto en tromba de agua, con los elementos desatados. En medio de un infierno en el que los niños lloran, los hombres se encogen asustados, los guerreros luchan hasta el último aliento sin esperanza alguna y los Dioses muestran sus fauces hambrientas mientras una estruendosa carcajada se desborda de su boca.

A cuchillo, sin tomar prisioneros. Dejando una hilera de despedazados y maltrechos cadáveres a su paso.

Podía incluso haberse mostrado benévolo. Cuando ya la meta estaba cercana, el botín y la cacería habían sido suficientemente satisfactorios. Casi todo estaba hecho…

Pero solo “casi”.

Entonces los cielos se volvieron a abrir.

Solo faltaron rayos y truenos y una voz de ultratumba escupiendo fuego desde el mismo infierno.

Y en medio de todo, volvió a aparecer, con un cuchillo afilado entre las fauces. Oliendo la roja sangre fresca de sus enemigos, espoleado por el deseo salvaje de destrozar y desgarrar, convertido en un Dios glotón que engulle todo a su paso.

No hubo rivales, sólo meras marionetas que se deshicieron en medio de la lluvia como un frágil castillo de naipes. Polvo de arena de los sueños que se derramaba sobre el asfalto y convierte los cantos de los juglares en leyendas que permanecen a través de los tiempos.

“Yo estuve allí”, diré dentro de unos años.

“Le vi con mis propios ojos, no me lo contaron”.

Parecía un Dios vikingo con su yelmo plateado, una lanza brillante surgiendo de entre las aguas.

Y me hizo llorar como un niño y apretar los puños y lanzarlos contra el cielo. Me devolvió mis sueños y me enseñó que la magia nunca muere mientras haya alguien dispuesto a creer que todo puede ser posible.

Juro que nunca más volveré a olvidarlo.