Tras tres años y medio de convivencia se dieron cuenta de que no eran nada. Las horas se desvanecían entre los dos, que habían reducido la comunicación a lo mínimamente imprescindible. Por la noche él se iba a la cama a leer mientras ella apuraba el último cigarrillo, y el último tras el último y alguno más después, viendo su teleserie favorita o jugando un rato con sus personajes de ficción de los ‘Sims’. A veces echaban de menos aquel tiempo en que usaban por turnos el colchón (taciturno, como la canción de Mecano). Esa época en que él trabajaba de noche en una fábrica y ella ocupaba las tardes dando clase en un colegio privado. No tenían apenas horas pero hacían siempre lo posible por coincidir, tan sólo fuera un rato. Ahora tenían todo el tiempo del mundo, ella dejó las clases y trabajaba en casa, él pasó a ocupar un puesto de comercial en su empresa y solamente trabajaba las mañanas y un par de tardes por semana. Pero cuanto más tiempo estaban juntos mayor era el abismo de incomunicación que se abría entre ellos.
Una noche, mientras cenaban, ella le miró con cariño y el se asustó. Algo tenía que pasar y no le traicionó la intuición. Empezaron a sudar las palmas de sus manos y de repente sintió ganas de llorar. Cuando ella se dio cuenta pensó que no podía dejar pasar más tiempo y se lo dijo: “No somos nada”. “Sí, cariño”, contestó él. Pero era tarde.
Esa noche no durmieron juntos. A la mañana siguiente no se hablaron, como era ya costumbre. Ella preparó el zumo y las tostadas integrales, para salir inmediatamente después. Salió pronto, tenía hora en el dentista. Él cogió su maletín y caminó por la ciudad. Cada cierto tiempo sacaba su móvil del bolsillo para mirar si ella le había dejado algún mensaje. Deseaba con toda intensidad que le dijera que no era cierto, que eran algo el uno para el otro. “No somos nada, no somos nada, no somos nada…”, la frase se repetía en su cabeza como una letanía martilleante. No lo quería creer, pero la idea le iba inundando el ánimo hasta convertirse en lo único a su alrededor. Entonces apareció aquella furgoneta de mensajero y apenas le dio tiempo a convencerse de que la frase era ya una realidad. Ahora sí que no era nada.
Cuando un compañero de trabajo le comunicó la horrible noticia ella la recibió con frialdad, diría que con indiferencia. Había desaparecido su nada. Esa misma noche reparó en su error. Le echó de menos y lloró durante días enteros. Desde entonces apenas habla con nadie, tan sólo con sus perros. Apenas sale, apenas come, apenas piensa, apenas vive. Ella también quiere ser nada.
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10.07.2007 @ 02.58
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4 Comentarios a “No somos nada”
1.
Gilraen | 10.07.07 @ 08.45
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Precioso y triste desvarío. Te ha sentado bien el descanso forzoso, Máster.
Me ha encantado el cambio de “no somos nadie” por “no somos nada”.
Retrasar todo lo posible el querer ser nada es lo mejor…
2.
Senador Palpatine | 10.07.07 @ 09.13
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La puta vida. El puto destino.
Esa sensación de recordar lo último que le dije. La última frase que dices a una persona, ignorando que no la volverás a ver jamás.
Esa frase que te tortura para siempre y que eres incapaz de olvidar.
¿Por qué no le habré dicho que le quería?
En cierta forma me recuerda a la maravillosa película “Cosas que nunca te dije”.
Empecé a amarte en el mismo momento en el que tú me dejaste.
Precioso, amigo. Una maravilla.
No te imaginas lo mucho que echo de menos tus desvarios.
3.
Vicky | 10.07.07 @ 09.21
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Es curioso, a mí que me gusta intentar vivir cada día como un estallido, continúo pero de final desconocido y que, a la misma vez, sufro de un miedo patológico, antropológico, ancestral e irracional al asedio de la rutina, me dejas rota.
Me descolocas. Me trastocas.
Porque somos todo lo que queramos ser y, muchas veces, queremos ser nada.
Porque puedes dejar de serlo todo y de ser nada en un golpe descuidado del azaroso destino.
Máster… estas no son horas. De remover las entrañas y desordenarlo todo por dentro. Es muy temprano y me da mucha pereza organizar las esquinas, desenmarañar las telarañas y quitar el polvo.
Por cierto, si tiras del hilo… ahí hay tela.
4.
Maripili | 11.07.07 @ 10.58
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Precioso y triste relato… Aunque suene a tópico, a veces tenemos que perder, ver como nos arrebatan a alguien para apreciarlo…
Y ese ‘no somos nada’ es sencillamente desgarrador. La indiferencia duele más que el odio. Es mejor ser lo peor que no ser nada.