José Luis Martín Prieto es un tipo que aparenta la envidia y el resquemor de los fracasados. Sus artículos están cargados de un triste sentimiento de venganza, de una altivez que le lleva a despreciar a todo el que cree inferior a él mismo, que es casi todo el mundo. Le leí decenas de veces decir que Cebrián no sabía hacer el cierre de un periódico, que Polanco era un rehén en manos del que fuera el director de El País, tantas tonterías, tantas bravuconadas, tantas necedades. Eso sí, siempre trufadas de putas, orilleros, mucamas y maricones; que son de cita fija en la mayoría de sus escritos. Aunque más bien debería decir “eran”, porque hace un par de lustros que no le leo, y no podría asegurar que siga igual, aunque le he leído hoy de nuevo, y parace que no hubiera pasado el tiempo.
Estos días ha publicado Martín Prieto un artículo sobre Polanco, tras la muerte del editor. En el mismo se entremezcla su habitual desprecio hacia los demás con la mentira y la insidia, en una bajeza que contrasta con el tono respetuoso de casi todos estos días, incluyendo el editorial de su diario (El Mundo), que termina diciendo:
Su vida fue una sucesión de fundaciones, adquisiciones, conquistas y éxitos, y en su muerte es de justicia presentarle como uno de nuestros más grandes y notables contemporáneos.
Pero este desgraciado (infeliz) se dedica a mentir impunemente, precisamente algo que Polanco detestaba que se hiciera en sus medios. Dice Martín Prieto, comentando un encuentro entre Polanco y Alfonso Guerra, que:
La asociación surgió como la chispa, y el Gobierno empezó por venderles la Ser a precio de amigo, tras haber fracasado Prisa con Radio El País.
Luego continúa hablando de contubernios que ni merece la pena reproducir. Es simplemente mentira, una falacia indecente, que nos muestra a este sujeto como un mal, un pésimo periodista.
Prisa compra un porcentaje importante de las acciones de la cadena Ser, en manos de familias de arraigo en nuestro país, de marcado carácter liberal, como los Garrigues, los Fontán o los Valera. Luego accionistas minoritarios se pliegan a la evidencia de que la nueva propiedad manda en esa empresa, y venden también. Finalmente el estado se desprende del 25% que tiene en todas, repito todas, las empresas radiofónicas privadas de nuestro país, vendiendo su parte en este caso al accionista casi único de la Ser, o sea a la empresa de Polanco.
Durante el franquismo se tomaron una serie de medidas sorprendentes, muy intervencionistas, relacionadas con la radio. Tras desconfiar de la radio pública y montar dos cadenas de radio estatales, con nombres tan fascistas como REM (Red de Emisoras del Movimiento) y CAR (Cadena Azul de Radiodifusión), el régimen quiso demostrar a Europa que España no estaba tan atrasada en todos los ámbitos y tras la aparición de la FM, una banda de frecuencias radiofónicas que permitía una trasmisión del sonido de alta fidelidad, decide obligar a todas las empresas que explotasen una frecuencia de Onda Media (OM) a montar otra programación distinta para impulsar la Frecuencia Modulada. También había decidido el régimen que esas empresas cedieran un 25% de su propiedad al Estado, con lo cual se garantizaban un puesto en todos los Consejos de Administración de todas las radios. Eso hacía imposible que esas empresas tomaran decisión alguna sin que el Gobierno franquista tuviera conocimiento de ello.
Tras llegar Felipe González al poder tomó una serie de medidas que los gobiernos de centro anteriores no se habían atrevido a tomar. Las radios de REM-CAR, reconvertidas en Radio Cadena Española, se integrarían finalmente en Radio Nacional, con Pilar Miró como directora del ‘Ente’ (hoy ‘Corporación’). También cerraron o vendieron los diarios del Movimiento, que en época de Suarez habían sido rebautizados en operación de puro maquillaje como RMCSE (Red de Medios de Comunicación Social del Estado), acrónimo impronunciable donde los haya (en Madrid cerraron el diario Pueblo, fantástico en su etapa última). Finalmente decidieron salir también de las radios, con lo cual el Gobierno decidió vender su cuarta parte de participación en el capital social de las empresas, dando prioridad al resto de accionistas de las mismas.
Por todo lo cual, en la Cadena Ser era la empresa de Polanco quien tenía la primera opción de compra de esa participación del estado, y tras formalizarse la misma pasaba a ser, por fin, una cadena de radio totalmente privada. Pero eso no pasó solamente con esta cadena, el estado salió también de la COPE (Radio Popular) de los obispos (entonces casi en manos de las sacristías), de Radio España, Intercontinental (cuyo accionista principal era un destacado falangista) y de todas y cada una de las empresas radiofónicas de este país. Es más, tras una valoración inicial mucho más ventajosa para los compradores, hecha por los técnicos, el gobierno decidió subir el precio de esa participación, después de haber recibido González algún revés procedente precisamente de la cadena Ser.
¿Regaló el Gobierno la Ser a Prisa? Pues no, eso es una simple mentira, una despreciable mentira. Y personalmente al leer eso, siento tanta pena como asco.