En la pérfida Albión, los periodicos y tabloides se están partiendo de risa a costa de la victoria de Lewis Hamilton el la carrera del domingo en Montreal y la triste actuación de un Fernando Alonso al que llegan a comparar con el conejo de “Alicia en el pais de las maravillas” (por aquello de “Corre, corre”).

Me parece perfecto, son las reglas del juego y Hamilton está demostrando con creces que es un monstruo sobre las cuatro ruedas.

(Además de ser el niño bonito de Ron Dennis; éso que nadie lo dude).

Sin embargo, a pesar de su posición de privilegio y de que todo le vaya viento en popa, yo de él no estaría muy tranquilo.

Tiene un mal enemigo.

Un tipo frío como el hielo que conduce como los ángeles y que se asemeja a Lucifer comandando una horda de demonios del averno cuando alguien le toca mucho las narices.

Y no se las está tocando Hamilton (éste sólo hace su labor y lucha por el triunfo con toda la fuerza del mundo). Se las toca un puñado de periodistas que han encontrado un juguetito nuevo y que juegan al pim pam pum con el que ya les parece viejo y caduco.

Pero el oso pardo aún no ha salido de su letargo y permanece aún medio dormido en su cueva en las grises tierras del norte.

Que no hagan mucho ruido, no sea que lo despierten y que ni siquiera sean capaces de ver su zarpazo hasta que ya les haya partido en dos.

Aún quedan muuuuuchas carreras, mucha tela que cortar y mucho pescado que vender.

Y tengo muy claro que la chistera de Magic está aún llena de trucos que no llegamos ni a imaginar.