Llega Magny Cours. Llega el Gran Premio de Francia. Vuelve la vieja Europa y un Fernando Alonso con ganas de “vendetta”.
Dicen que en esta ocasión por estrategia de equipo le dejarán hacer la calificación con menos gasolina que Hamilton, para compensar los dos últimos premios en los que el inglés luchó por la Pole con la ventaja de llevar el depósito más ligero.
Dice Fernando que todas esas cosas las decide el equipo (cuanta gasolina, cuantas paradas, en que vueltas se reposta…).
Dice Lobato que sigue convencido de que Alonso ganará este campeonato del mundo y que está harto de que, tipos que ni siquiera saben que un Formula 1 tiene cuatro ruedas, den por acabado y enterrado al asturiano (esto es una versión libre, de mi cosecha, de lo que el comentarista de Telecinco escribe hoy en un artículo, pero el sentido es el mismo).
Dicen que Hamilton copia a Alonso, que Magic y Pedro de la Rosa son los que hacen el trabajo sucio y que el británico es el que luego se aprovecha del rendimiento de los otros.
Dicen que gracias a Fernando, una escudería que el año pasado era tercera, se ha convertida en la primera con diferencia sobre sus rivales pero que él no se siente cómodo en McLaren y que ya planea el salto a Ferrari.
Dicen que Hamilton es el sucesor de Schumacher y que Alonso sólo ha sido un buen piloto que ha hecho de puente entre dos fueras de serie.
Dicen, dicen, dicen (decimos)…muchas tonterías para llenar papel y no estar callados.
Y no se cansan de hablar y de escribir (no nos cansamos).
Cuando el motor empiece a rugir, me olvidaré de todas las elucubraciones vanas y absurdas y sólo pediré que el Nano se imagine por un momento que en el otro McLaren va un tipo rubio y alemán llamado Schumacher. Que le invada la amnesia y que no recuerde que ha ganado dos campeonatos del mundo consecutivos y que crea que esta es la primera carrera de su vida sobre un formula 1.
Que vuelva a ser el hombre de hielo con corazón de fuego y que vuele como un misil sin retorno más rápido que el viento.
Que los deje clavados en la pista y que todos parezcan ir a cámara lenta, con el tiempo suficiente para que saluden al campeón cuando vean su estela.
Que de un puñetazo encima de la mesa y que el sonido haga enmudecer el ruido de los motores, como si el dios Thor hubiese dejado caer su martillo sobre la pista francesa desatando todas las tormentas del oscuro cielo.
(Si alguien me viese en casa dando saltos y gritando cuando Magic se pasea y les deja a todos con un palmo de narices, pensaría que estoy loco).

















