“No sé qué decirle” pensé. Porque tengo las palabras en mi cabeza, pero cuando las dejo salir suenan viejas y raídas y ninguna le hace justicia.

Me gustaría inventar palabras nuevas, de esas que no aparecen en ningún diccionario, palabras que sean sólo mías y que sólo ella entienda. Pero sé que no puedo. No hay magia que surja de las letras para decirle todo lo que siento.

Podría decirle “te quiero”, algo tan simple que millones de personas repiten a diario, pero suena gris, manido y ya se lo he dicho miles de veces.

Quizá podría decir “te necesito”, pero ella lo sabe. Lo siente cada vez que me escucha, mientras sonríe y me acaricia en silencio.

Tal vez “eres un sueño”, pero suena ridículamente poético y es falso, porque ella es real y está hecha de suave piel, ardiente carne y un corazón de fuego bombea la sangre llena de vida que recorre sus venas.

Le diré que la sueño, cada segundo, cada instante, dormido o despierto. Que ella ha llenado de luz las sombras, que me ha devuelto la vida y que me hace sonreír un poco más cada día. Que hay heridas que no cicatrizan nunca y enfermedades que no tienen cura aún, pero que algunas caricias lamen el alma y llenan los pulmones de aire fresco y de ganas de vivir.

Le diré que es un regalo de alguien que en alguna parte me quiere mucho.

Y que ya nunca querré recordar como era todo antes de ella.

Y ella, con sus ojos verdes y su preciosa sonrisa, me dirá que soy tonto, que me calle, que nada de esto hace falta, que solo quiere verme feliz.

Dirá “Ven aquí, mi niño, sonríe y deja que te calle la boca con mis besos”.