He leído varias veces esta historia y las primeras veces pensé que sería de esos hoax o leyendas urbanas que circulan por la red. Pero no, es una historia real, no menos real por recurrente que sea.

Se trata de un fraude utilizando Internet, pero eso sólo es en la actualidad. El origen de la estafa nigeriana se remonta al siglo XVI, y por aquel entonces, como es sabido, aún no podía prever el advenimiento de la era digital. Su nombre originalmente era el ‘fraude del prisionero español’, reconvertido en nigeriano en un plis-plas. Durante guerra contra Inglaterra aparece un fraude de similar operativa a este, sólo que utilizando el correo convencional en lugar del email de ahora, o el fax en un tiempo reciente.

En la costumbre actual de clasificarlo todo este fraude se encuadraría en la categoría de scam, práctica que ha supuesto la aparición de una contra-práctica bautizada como scam baiting o 419 scam baiting (419 es la sección del código penal de Nigeria donde se castiga este fraude). Pero expliquemos que este fraude del nigeriano consiste en hacer creer a la víctima (el panoli) de que se dispone de una gran cantidad de dinero, generalmente en el país africano de referencia (en otros casos puede variar), y se requiere de su ayuda para sacarlo del país evadiendo aduanas, impuestos o lo que al estafador se le ocurra para que parezca un acto ilegal y la persona estafada no se atreva a denunciar una vez descubierto el pastel. La recompensa a tal ayuda suele ser un porcentaje del dinero evadido.

Dentro de la dramatización que urden con más frecuencia los ejecutores de la estafa, explican en un correo la muerte de toda una familia en África, que los fallecidos han dejado una cuantiosa herencia y que si no aparecen herederos el Estado se incautará del dinero. Quien envía la carta ofrece ir al 50% en unas ocasiones, en otras es hijo de un ex dictador africano o un oficial del Gobierno que precisa sacar dinero del país. En fin, que hay variantes diversas. Lo que no varía es que si la víctima pica, empieza una relación a través del correo electrónico, con documentos falsos y ultra secretos, indicaciones insistentes para que no se revele nada a nadie.

Pronto surgen problemas: falta dinero para un soborno, unas tasas, pagar un transporte. La víctima empieza a pagar pequeñas cantidades. La mayoría lo dejan cuando han perdido 15.000 euros; otros siguen, hasta que viajan a África, donde les darán el botín, que resulta ser nada. Para consumar la estafa, la víctima tendrá que ir abonando cantidades cada vez mayores o incluso se verá obligado a viajar para entregar el dinero en mano, justificándolo con sobornos inexistentes, gastos imprevistos o la necesidad de la firma del estafado. Ni que decir tiene que la fortuna prometida nunca llega a aparecer y el panoli se queda con cara de gilipollas y, es sí, algo más desplumado que al principio, con su cuenta de ahorro temblando. En el siglo XVI parece que la excusa era conseguir dinero para el rescate de un prisionero español, otros dicen que el rescatado habría de ser un noble británico.

El objetivo de ese movimiento ciudadano del universo digital que practican el scam baiting es desanimar a los diferentes estafadores haciéndoles perder su tiempo y consiguiendo avergonzarles. Incluso pretenden conseguir información que pueda ser utilizada por las autoridades legales para combatir el fraude en Internet. Es como una lucha contra el hoax, sólo que en este caso hay un acto punible de tipo económico muy evidente.

Un crítico y comisario de arte canadiense (con residencia en Barcelona), Jeffrey Swartz, ha montado una exposición en la sala H de Vic dedicada enteramente a este asunto, para mostrar la complejidad de este hecho cultural y sociológico, tanto en Internet como en Nigeria. Según declaraciones de Swartz en una información que rescato del archivo de ELPAIS.com:

Es una de las fuentes de ingresos más importantes del país. El año pasado se estafaron unos 3.000 millones de dólares con este timo, 320 en España. De cada 100 cartas que envían a Estados Unidos, responden siete personas. Y de éstas, el 20% paga algo; pero la policía lo minimiza porque no tiene denuncias. Cuando la persona responde la carta, sabe que entra en una cosa ilegal y que actúa por codicia. Esto impide después denunciar la estafa.

Y especialmente interesante me ha parecido esta otra reflexión:

(Los estafados) son como jugadores compulsivos que roban dinero de sus empresas o familias para seguir en el juego.

Es como un síndrome de Estocolmo del estafado mezclado con una ludopatía de la estafa.