Conocí a Javier Ortiz cuando él era jefe de opinión de El Mundo y yo lector diario (además de entusiasta) de ese medio. Fue en esa etapa cuando le facilité una información al periódico de Pedro Jota que fue publicada en primera, con gran eco en las páginas de opinión de ese día y posteriores. Fue el día 16 de noviembre de 1994, hace más de doce años, y estoy convencido de que la información no iba a toda página porque ese mismo día ingresaba sorpresivamente en prisión Mario Conde. El banquero me privó del placer de ver mi noticia a cinco columnas.
La cuestión no lo merecía, pero la línea argumental del diario apostaba entonces por otorgar el máximo protagonismo a ese tema, por lo cual mi información tuvo la cobertura que tuvo. Un cuñado de Felipe González, apellidado Palomino y del que siempre me habían hablado bien personas que le conocían, había hecho algunos negocios con una empresa dedicada a los suministros eléctricos, que al parecer había vendido material para obras públicas, especialmente la de algún refugio nuclear. La acusación venía en el paquete de la corrupción, que era el ataque más recurrente que estaba recibiendo entonces el gobierno, y más tratándose de un ‘cuñadísimo’, algo de cierta tradición en la administración española. Tras varios días de machaque, como suele hacer ese diario, una tarde recordé parte de una entrevista que Jesús Quintero había realizado a González en su El loco de la colina de Radio Nacional. La entrevista fue realizada en vísperas del primer triunfo electoral del PSOE, aunque emitida después, con un González ya triunfador pero aún no nombrado presidente. Además de escucharla también grabé aquella entrevista, y doce años después recordaba que el ya casi nuevo presidente había dicho algo sobre los refugios nucleares, no precisamente muy favorable. Rebusqué entre mis viejas cintas de casete y allí estaba, una cinta negra con la grabación del loco.
Entonces transcribí la pregunta y la respuesta sobre los refugios nucleares, hice una copia de la cinta, y decidí llevar ese documento en mano al diario El Mundo. Mi trabajo estaba relativamente cerca de la calle Pradillo, y ya me conocía el camino pues había estado allí en otra ocasión, por razones que no vienen al caso. Antes de eso adelanté la transcripción en un fax dirigido, como el sobre que deposité en la recepción del diario, al redactor jefe de opinión, a la sazón Javier Ortiz. Esto fue el día 14, al día siguiente el propio Ortiz me llamó por teléfono y mantuvimos una corta conversación, en la que se interesaba por las razones que me habían llevado tanto a grabar la entrevista como a dar publicidad a ese sabroso fragmento. Le contesté sin preguntar que iban a hacer con la información, pero intuía que al día siguiente tendría un lugar destacado en las páginas del que era mi diario.
Las declaraciones de Felipe González eran sencillamente contradictorias con el detalle de su acción de gobierno consistente en mandar construir un refugio nuclear o simplemente no paralizar la construcción de otro, que al acceder al poder ya había iniciado sus obras. Pero sobre todo venía a cuento porque González afirma que los refugios solamente valen para que algunos hagan dinero, justo de lo que se estaba acusando a su cuñado. El fragmento de la conversación es este:
González: Yo jamás me he preocupado de eso [los refugios antinucleares], y me parece una obsesión completamente fuera de cualquier tipo de examen racional de lo que puede ser una confrontación nuclear.
Eso de los refugios atómicos es una broma que, a mi juicio, le ha permitido hacer buenos negocios a quien ha tenido la idea de aprovechar el terror atómico, que es uno de los grandes males de la Humanidad en este momento, para hacer dinero.
El refugio atómico no sirve absolutamente para nada en un posible enfrentamiento nuclear, lo único que sirve es para sobrevivir angustiosamente durante algún tiempo, para encontrarse después la destrucción, en el caso de que sirviese para eso.
Quintero: Por cierto, ¿al lado de su casa hay algún refugio atómico?
González: Pues la verdad es que no lo creo, como no sea el metro, ¿no?; cerca de mi casa hay una estación de metro (risas).
Esa noche estaba viendo la tele y en un programa de Telecinco habían convocado al director de El Mundo y a Jorge Martínez Reverte, entre otros. Pedro Jota empezó su intervención haciendo mención a lo que iba al día siguiente en su diario sobre Palomino, el cuñado del presidente. Era ‘mi’ información. Entonces cogí el coche y me acerqué al VIPS a esperar las primeras ediciones de la prensa. Me volví con el periódico y esa información en primera. También había una página entera en nacional, un artículo de Javier Ortíz, un billete (artículo breve) de opinión, además de algún otro breve en opinión y las viñetas de Forges y de Ricardo y Nacho, aunque estos son contenidos que o no los guardan o no son accesibles en la web de elmundo.es. También al domingo siguiente, el artículo del director giraba en torno a este asunto.
En medio de la euforia de dar una portada a El Mundo pude solventar varias dudas sobre como funcionan los medios de comunicación en muchos casos. Nunca como en esta ocasión podía hacer una comprobación más directa, dado que era yo mismo la fuente de información, en una labor que no iba más allá que la de un archivista de fonoteca con buena memoria (sin serlo ni tenerla). La primera evidencia la tuve al leer la información que publicaba ese medio, que había caído en mi pequeña trampa de mezclar la realidad (transcripción del fragmento de entrevista que contenía la cinta magnetofónica) con el leve fragmento de hiperrealidad de mi información, es decir un dato falso (poco importante) que dejé deslizarse en medio de la información que les había pasado y que no tuvieron a bien comprobar, incumpliendo con su obligación como periodistas.
La segunda señal, mucho más irrisible, vino de la radio. Volviendo a casa con mi diario del día siguiente, fui escuchando en la radio del coche La linterna, la tertulia de la COPE que entonces hacía ‘Fedeguico’, o sea el bandolero Jiménez Losantos (según le llama Manuel Rico). Casualmente iban comentando las primeras ediciones de la prensa y Losantos me brindó una muestra impagable de lo que es la ausencia de rigor que atesora, así como su calenturienta y ridícula imaginación, por lo que sustituye la información por elucubraciones. Tras contar el fragmento de esa vieja entrevista de Quintero, Losantos añade: “Yo ya sé quien ha sido el que ha filtrado esta información a El Mundo“. Evidentemente no tenía ni idea, ya que es absolutamente improbable que me conociera, tanto entonces como ahora.
La tercera enseñanza es que cuando hables con un periodista debes dejar muy claro tu mensaje, repitiendo lo más importante varias veces, a ser posible. En caso contrario es fácil que modifiquen tu relato hasta convertirlo en algo irreconocible. Ni le dije a Ortiz que yo entonces: “tenía algunas ideas políticas… pero ya no las mantengo”, ni tampoco me presenté nunca como “indignado” ni “escéptico”, y mucho menos como “un mitómano desencantado”, que fue lo que me llamó Pedro Jota. Sencillamente fabularon, lo cual no es precisamente lo que debe hacer un periodista.
Han pasado ya otros doce años, Javier Ortiz no es ya jefe de opinión de El Mundo, y no solamente eso sino que aunque siga siendo columnista se permite el lujo de cuestionar a veces la línea editorial de ese diario, poniendo a sus responsables en la encrucijada de su propia historia y los vaivenes de sus ideas, que en ese diario han sido espectaculares. Yo, por mi parte, sigo siendo tan poco mitómano como entonces. Es más, me atrevo a decir que en esta historia los auténticos mitómanos son Losantos y Pedro Jota, ya que muestran desde siempre una preocupante tendencia morbosa a desfigurar, engrandeciéndola, la realidad de lo que dicen. También lo hicieron entonces, con la noticia que le dí a El Mundo. Eso sí, soy hoy más escéptico que nunca, aunque no tan indignado como parecen estarlo ellos siempre.
Lo que no ha cambiado desde entonces es que yo sigo leyendo con interés, a pesar de todo, y más aún en estas últimas semanas, a Javier Ortiz. No lo hago ya en el diario del que fue redactor jefe de opinión, sino que ahora le leo en la página personal que tiene en Internet. Su visión creo que es ahora mucho más razonable, sensata y cercana a la realidad que la del director de ese diario de Madrid, en el que sigue publicando. Además, lo bueno es que en Internet el artículo es diario.
Este párrafo (proverbial) es de su escrito de ayer:
El editorial de El País de ayer se preguntaba: «¿Hasta dónde está dispuesto a llegar Rajoy?». La pregunta presupone que Rajoy sabe por dónde va. Favor que le hace. Yo no lo tengo ni mucho menos tan claro. Lo veo dando palos de ciego. Muchos palos, eso sí, pero a mansalva, sin una dirección precisa, sin un propósito inteligible e inteligente. Para mí que muchos de los que lo jalean le tienen ya tomadas las medidas para que entre bien en el féretro.