La actualidad nos ha traído hoy la muerte de una hermana de la princesa Letizia. Se baraja la hipótesis del suicidio, algo que me pone siempre ante un abismo. Hace unos quince años se suicidó una amiga. Habíamos sido casi novios, unos años antes. El viaducto de Madrid fue su salida, aunque familiares hicieron lo posible porque se hablase de un accidente, confuso eufemismo que intentaba evitar habladurías, y quien sabe si también para no perder el cobro de un seguro de vida, que nunca repara la pérdida, ni mucho menos.

Me pone al borde de un abismo la idea del suicidio. Desconozco que mecanismos pueden llevar a tal cosa a una persona. Me marea pensarlo, me da pavor y me produce una honda tristeza. Hablar de suicidio no es hablar de la muerte, es mucho peor. No hay fracaso más definitivo que ese. Qué impotencia. Qué desastre. Hemos construido una sociedad en la que convivimos con quienes quizá mañana se suiciden, y no nos enteramos nunca de nada. Las estadísticas de suicidios indican que son muchos más casos de los que podamos pensar. Cualquier ciudad, incluso pequeña, tiene un lugar del suicida. ¿Pero esto qué es? ¿Cómo puede ser? No sé nada, y quizá sea mejor no saber. Supongo que es por lo que apenas se habla de algo que se lleva a mucha gente. Hablamos del tabaco, la siniestralidad de la carretera o las enfermedades coronarias, pero no del suicidio. De hecho me siento mal escribiendo sobre esto y aunque me pese, prefiero ser un puto cobarde que rehuye enfrentarse al hecho de que un ser humano se quite la vida, lo único que tenemos de verdad.

Qué angustia me produce esto.

El Grito - Munch
El Grito - Edvard Munch | 1893 | Oil, tempera and pastel on cardboard | Nasjonalgalleriet.