Vaya por delante que “Corrupción en Miami” es una de mis series favoritas. Tenía un poco de miedo en que no me gustase su adaptación cinematográfica pero, por otro lado, me moría de ganas de verla. Además tengo la ventaja de que no soy excesivamente nostálgico. Suelo pensar que cualquier tiempo pasado fue peor.

Y la película me encantó.

Se me pasó en un suspiro. Aunque el guión no es muy brillante que digamos y resulta a veces demasiado simplón. Sin embargo en todo lo demás, el acierto es pleno. Detrás de las cámaras está Michael Mann (productor original de la serie) y para mí eso es suficiente. Esa ambientación, ese estilo tan personal y tan “cool”, ese aire épico que Mann da a todo lo que hace (joyas como “El último Mohicano”, “Heat” o “El dilema”), impregna la película desde el primer segundo (un sensacional prólogo en un club de Miami en el que el realizador, cámara al hombro, se mueve como pez en el agua).

Sin embargo es en los actores donde el film gana por k.o. a la serie. Jamie Fox es un actor de reconocida categoría (uno de los pocos actores negros en tener un oscar al mejor intérprete principal). Gon Li (extrañamente, mucho menos guapa de lo que suele aparecer), resuelve con solvencia. Una pequeña (pero importante) aparición del español Luis Tosar en un personaje hierático e inquietante. Un villano de nombre genial (Arcángel de Jesús Montoya), maniático compulsivo de la seguridad. Y por supuesto Colin Farrell. No hay color entre él y Don Johnson. Es el último gran macarra del cine actual, mejor cuanto más chulo es el personaje que interpreta. Y Sonny Crockett es chulo hasta cuando duerme.

Mención especial al final, agridulcemente bello, que (no sé por qué me da) gustará a nuestro web master.

Sólo dos peros: no aparece el caimán de Sonny (uno de mis fetiches favoritos de la serie) y sobre todo no está el teniente Castillo (personaje que bordaba el gran Edward James Olmos), mi cara-palo favorito de todos los tiempos.