Fidel Castro ha dejado el gobierno de Cuba en manos de su hermano Raúl, aquejado de una dolencia intestinal que ha obligado a intervenirle. Raúl fue demonizado por los USA desde el principio. Mientras Fidel se reunía con Nixon y otros dirigentes norteamericanos, los periodistas le preguntaban sobre los rumores de que su hermano Raúl era comunista, cosa que él siempre negó. Luego vino lo que vino y pasó lo que pasó. En un principio el régimen de Castro se empezó llevando bien con los americanos, pero pronto se vio que la orientación ideológica y de acción de la revolución era más bien inspirada en el marxismo, de hecho Castro le quitó las tierras a su propia madre (nunca volvieron a hablarse) para repartirlas entre el pueblo que explotaba (al que explotaban) esas tierras. Ya entonces los USA miraban mal a Raúl.

Cuando Fidel, hace un par de años, decía que su sucesor sería su hermano Raúl “que es más joven que yo”, no estaba hablando precisamente de un jovencito. A los 80 años del comandante Fidel le siguen los 75 de Raúl. Si esa es la solución será con carácter temporal, porque Raúl no puede aguantar mucho. Es ley de vida. Los dictadores, casi todos, tienen una larga agonía previa a su muerte. Esto es posible que pase con Fidel. Y luego con Raúl. ¿Y luego qué? Es un gran problema, lo que venga puede ser peor.

Lo de Cuba es complejo, muy complejo. Hay que verlo, hablar con la gente de allí (unos hablan abiertamente y otros no), la gente joven te grita por la calle cuando te ve con el diario Granma en la mano, el único diario que se edita en la isla y que edita el gobierno: “no leas eso, todo son mentiras”. Lo hacen sin ocultarse, y si te interesas y preguntas, e invitas a un mojito, o a un puro habano, te cuentan mucho más. Eso sí, un policía vigila cada dos esquinas, y apuntan los movimientos de la gente del pueblo. Cada policía lleva un uniforme distinto, la palabra uniforme sufre una contradicción en sus términos, porque no van ‘uniformes’ precisamente. No hay dinero para equipar con la misma ropa a los cientos de policías que vigilan a la gente en las calles de La Habana. Pero todos comen, con racionamiento, pero comen todos por igual. Y tienen lo justo para vestir, aunque las tiendas ofrezcan ese aspecto de desabastecimiento absoluto. Todos son igual de pobres.

No sabremos nunca si la revolución cubana hubiera podido demostrar que es posible la igualdad en los pueblos, porque no es lo mismo repartir riqueza, conseguir que todo el pueblo sea igualmente rico, a repartir pobreza, e igualar a todos por abajo. Muy abajo. No les dejaron demostrarlo, la General Electrics manda mucho más que ese comandante de opereta, que visita obras de nuevas escuelas a las dos de la mañana, que asiste a graduaciones de promociones de enfermeros para la sanidad (pública, claro) y las imágenes (y sus interminables discursos) son repetidas por el informativo de la televisión durante días y días. Teresita (una especie de Encarna Sánchez que presenta el noticiero de la noche) adora al comandante y trata al pueblo cubano con una familiaridad y un tono compasivo que parece que se está dirigiendo a subnormales medio analfabetos. Y es extraño, y absurdo, porque la educación en Cuba es uno de sus ‘baluartes’, un motivo de orgullo. Y lo es con toda justicia.

La pregunta ahora me temo que ni siquiera es ¿qué pasará? sino ¿por dónde estallará Cuba?, la perla del Pacífico, ese oasis de pobreza (muchas casas no tienen cristales en las ventanas, según se van rompiendo así se va quedando porque no hay dinero para reponerlos, por las noches solo se ve la luz de la televisión en los hogares, porque no hay dinero para pagar la energía eléctrica de una lámpara encendida) que es un sueño roto, del que tan solo queda un sistema de organización único en el mundo, tan singular y atractivo en muchas cosas, como detestable en otras (rechazo de la homosexualidad, criminalización de la libre opinión, etc.). Un país lleno de artistas (músicos especialmente), repleto de talento y rebosante de atractivos naturales.

Yo no estoy seguro de que prefiriera “morir apuñalado en el metro de Nueva York que de aburrimiento en La Habana”, como dijo Felipe González hace un par de décadas (si no recuerdo mal). Pero lo que sí tengo muy claro es que preferiría vivir en la escasez de la Cuba castrista, que en la pobreza infinita y exenta de recursos de medio continente africano. Aunque mejor me quedo aquí, claro.