A veces me la cruzo por la calle. Ha engordado y está más vieja. Seguramente mucho menos que yo. Lleva un carrito con un niño que, supongo, será suyo.

Ni siquiera nos decimos hola. Yo aparto la vista y si la ocasión lo permite, la observo de reojo. Puede que ella ya no recuerde mi cara. Han pasado más de 15 años y mi físico ha cambiado mucho. Pasamos de largo y seguimos cada uno con nuestras vidas.

Es en esos momentos cuando suelo pensar que estoy exactamente donde siempre quise estar. No me he casado ni he tenido hijos. Ni siquiera tengo pareja. He conseguido un trabajo en el que no necesito disfrazarme con traje y corbata y aún conservo el privilegio de dormir sólo en mi cama. , sin que nadie tenga que soportar mis ronquidos ni mi mal humor al despertar.

Sigo siendo Peter Pan. Con más arrugas, más derrotas en mi corazón y unas cuantas personas perdidas por el camino. Más cascarrabias y sin tener idea de cómo acabará todo esto. Sin embargo nunca he sentido la necesidad de llegar a ningún destino.

Sabía que Wendy se haría mayor y se casaría. Quizás ella sea más feliz que yo, pero en Nunca Jamás sigo estando a gusto y sonrió cada vez que siento que no soy el único niño perdido que todavía queda en el mundo.