Rito.
Era una extraña soledad… llevaba varios días caminando con creciente torpeza,como si los tacones de mis zapatos arrastrasen sendos lastres y no les dejasen concatenar paso alguno. A medida que iba percibiendo cómo ese andar se desestilizaba cada vez más, casi como si desde fuera lo viese… aparente disociación que añadió una sensación de no encontrarme nunca solo, fue aumentando materializándose una ansiedad hecha bola informe, incómodamente incrustada en el paquete intestinal. No estaba sólo.

Obsesión.
Como exageración de la mirada sobre mí mismo, poco a poco, lo que algunos llaman cambio de perspectiva empezó a hacerme creer en la idea de otra realidad especular al otro lado del cielo en un principio, convertido en suelo tras la metástasis rastrera del subconsciente: a estas alturas, alguien andaba al mismo tiempo que yo sobre mis pasos y en la cara interna del espejo.

Proyección.
Pasadas unas semanas me acostumbré a ir a todas partes con mi imagen, que laboriosamente repetía todos mis movimientos e incluso mis sensaciones con una religiosidad pasmosa.

Empecé a temerla, y sin embargo, no me atrevía a decirselo a nadie… me tomarían por loco; pero… ¿tan sólo yo lo veía?… ¿no lo podía dislumbrar nadie más?

No obstante se iba haciendo difícil de ocultar, la gente empezó a ver algo raro en mí, cuanto menos si me quedaba con la cabeza gacha mirando al suelo, buscando algo más allá de los bordillos, aceras, charcos…

Hipnosis.
Hubo un tiempo en el que tener aquel simétrico de mi mismo ante aquella nueva dimensión, se tornó divertido, como si yo, además de actuar en mi propio plano, pudiera ver ajeno a mi mismo, todo el abrumante espectáculo ante mis ojos de la forma más desinhibida posible. Un mundo de alienación caía bajo mis pies desmoronandose ante el punto de vista más objetivo que jamás hubiera conocido.

De hecho, me llevaba de miedo con mi imagen, porque era exactamente igual que yo… y siempre he estado muy satisfecho de mi mismo. Así, los actos más simples estaban cargados de emoción y atractivo casi tan sólo por que yo lo realizaba al mismo tiempo que él… él que se atrevía a todo y no padecía las miserias e inercias de mi mundo.

Al zambullirme en el mar (y él nadaba por encima de la superficie), cuando iba al cine o cuando me acostaba con una chica que ambos acabábamos de conocer… siempre me hacía sentir bien, sobre todo por que disolvía mis miserias y satisfacía mis curiosos instintos de voyeurista, lejanos de culpas o miedos, inéditos hasta entonces.

Paranoia.
Fue afirmandose no obstante, una sutil sospecha que me iba creando cada vez más inquietud y me obligaba a sobrerealizar todas mis funciones: vivía el doble… y el ritmo empezó a asustarme, como si envejeciera también el doble. A tal consideración, parecía como si mi despreocupado amigo me fuera superando… poco a poco y en detalles insignificantes… empecé a ver cómo trataba con más dulzura a mi novia, con más ingenio a mi jefe… y cómo las mujeres disfrutaban más con él… toda la gente en general. Parecía quedarle cada vez mejor mi ropa y peor mis miedos… fue apoderandose de mí una extraña, nueva soledad, casi envidia, que me iba obligando a quedarme sólo en casa para que el mundo no pudiese descubrir cómo mi descarada imagen iba superando ampliamente al original.

Le odiaba: estaba acabando conmigo… ya ni siquiera me tenía a mí mismo como antes… debía arrebatarme de él.

Catársis.
Al fin me decidí a colgar una cuerda de la araña del comedor e hice un nudo corredizo. Lentamente, me subí a una silla, metí mi cabeza a través del nudo, siempre comprobando de reojo que, tan ágil, reproducía mis movimientos.

Ajusté la cuerda alrededor de mi cuello… lo iba a hacer al fin, suspiré ese fatidico segundo que pierde a los malos de las películas seguro de que esta vez era la vida real, y nadie le salvaría.

De pronto, dejo de imitarme; un rubor helado me paralizó los ojos y quebró mi aliento… estaba a punto de darle la patada a la silla y hacerle desaparecer de una vez para siempre cuando, atravesando el suelo, la agarró él y tiró rápidamente.

Bastó el tiempo que tardé en caer para darme cuanta de la realidad. No era él mi imagen sino yo la suya; le observé hasta la demencia, le juzgué, le envidiaba hasta considerarle un estorbo… lo destruí… y conociendo las reglas del juego, se deshizo de mí.

Es repugnante el crujido del cuello.