Un viaje, especialmente si es un viaje por mar, es una aventura. Es como emprender una conquista. Ya el viaje de regreso es la vuelta tras la conquista, siempre exitosa tratándose de un viaje de placer. Hice un viaje en Ferry hace unos años. Fue el viaje más desesperante que hice nunca, el menos agradable. Largo, tedioso y falto de motivaciones, volvía tras una conquista fallida. Había pretendido tomar la capital británica durante unos días, tras varios años sin visitarla, y un autobús segó mis expectativas y a punto estuvo de segar mi vida. No volvía vía acuática por motivos románticos, sino que me habían prohibido viajar en avión durante seis meses, por el efecto negativo que podría tener el cambio de presión en mi maltratado cerebro, y el tren que atraviesa el eurotunel no tenía plazas hasta un par de semanas después. Por tanto, sólo me quedaba la opción del barco.
Salimos de la capital londinense en un taxi con destino a la estación Victoria. El taxista me hizo pasar miedo con su temeraria y extremadamente acelerada conducción, lo cual me llevó a pensar si el autobús no circularía también a esas velocidades de vértigo, a pesar de que en los informes médicos figuró siempre la velocidad (extrañamente reducida) del vehículo al impactar contra mi cabeza. Supongo que temas legales, de seguros y responsabilidades civiles, les llevaron a ello. En Victoria Station comenzaba mi tormentoso viaje. Un tren infecto e incómodo, que llevaba un errático rumbo, con largas paradas cada dos por tres, me hizo conocer la realidad de los ferrocarriles de ese país, según me contaron algunos lugareños. Con Renfe tenemos un lujo nacional poco apreciado. Una vez llegado a Portsmouth, de donde sale el Ferry que tiene su llegada en Bilbao, otro taxi nos tuvo que conducir hasta el embarcadero, ya que el retraso del tren fue de tal categoría que casi nos hace perder nuestro barco.
El Ferry es uno de esos inventos que funcionan de forma insólita. Viajar de Londres a Madrid lleva en total dos días (en total), casi 48 horas de agotadora travesía, absurdamente larga. El barco se presenta con muchos más atractivos de los que tiene. Al camarote minúsculo con literas (sí, con literas) le acompaña un cutre casino, un par de cutres tiendas, un comedor que presumo también cutre (lamento la presunción, pero realmente no lo recuerdo), una sala de fiestas cutre y apestosa repleta de alemanes (la plaga turística del siglo) y algo que califican como gimnasio-piscina y no parece diseñado para adultos, yo diría que hasta como gimnasio de Playmobil se queda pequeño. El único lugar que no tiene olor a naftalina y ruidos de carcoma royendo todo ferozmente, es la cubierta, en la quinta o sexta planta del barco. De nuevo alemanes rijosos mirando a alemanas de buen año, que exponen sus cuerpos en bikini bajo el extraño sol de alta mar.
En alta mar todo parece revestido de un mismo tinte. El mar, el cielo, la luminosidad del sol, su reflejo en la propia cubierta del barco. Es extraño, pero todo parece devorado por el mar, como si todo perdiera parte de su personalidad, paralizado por la presencia inmensa e insondable de esa fiera poderosa. Realmente el barco parecía una partícula minúscula llena de partículas más minúsculas todavía, viajando en medio de la nada.
Un autobús de línea, que me llevaría a Madrid, fue el último tramo del largo viaje, el fin de mi fallida conquista. Tomar tierra en Bilbao fue algo más que sentirme en casa, fue tomar conciencia de que mi objetivo había cambiado en tan solo unos días, que había perdido la brújula en ese viaje y sólo deseaba estar en casa. Nunca he deseado tanto estar en casa y nunca un viaje poco afortunado, largo y carente de interés, fue tan deseado.
En definitiva no era tanto el regreso del guerrero derrotado (me quedé sin mi viaje veraniego de placer tras el largo año de trabajo), sino más bien una vuelta feliz por casi inesperada.

[ Edward Hopper | Compartment C Car | 1938 | Oil on canvas | 20 x 18 in. | IBM Corporation, Armonk, New York ]
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17.06.2006 @ 21.30
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7 Comentarios a “El viaje de vuelta”
1.
Jazmín | 18.06.06 @ 03.47
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En verdad me parece traumático lo que pudiste pasar en esos dos días de viaje en barco.
No sé si deba comparar, pero a mi me ocurre algo cuando viajo en avión ( no sé si sea parecido) pero no sé. A mi se me convierte en una tortura, desde el momento que confirmo la fecha en que debo abordar un avión comienzan mis paranoias, ¡es terrible!, ni la ilusión de ver a los míos me quita el desespero de tener que montarme en ese aparato gigantezco.
En el momento en que comienza la cuenta atrás comienzan todos mis males y bueno, yo creo que no podré evitarlo nunca como no podré evitrar tener que subirme a ellos.
Es extraño porque cuando me siento en mi lugar, me pongo inmediatamente el cinturón y tan apretado que me corta la circulación en las piernas. Pero que yo sé que si se estrella el avión el cinturón no me va a salvar pero no puedo evitarlo. Nunca he ido a un baño porque no veo el momento de estar en el aire y yo soltarme ese pedazo de cinta que me rodea las caderas, mis piernas se paralizan aunque las pueda mover, no como nada porque nada me pasa de la garganta, a todos los pasajeros les veo cara de terroristas, no sé, la cosa es que tan terribles son esas horas que se me hacen eternas.
Cuando llego a mi destino comienza la cuenta atrás otra vez a la vista de mi viaje de regreso y la historia se repite.
Vaya lío son los viajes!!!
2.
marcamo | 18.06.06 @ 16.18
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Ha pasado tiempo ya…
Dicen que no es tan importante el destino como el camino en si mismo, porque son las personas y los lugares que vamos encontrando en ese camino las que nos enriquecen mucho más allá de lo que puede hacerlo el alcanzar la meta perseguida.
Y ese viaje tuyo fué, sin duda, importante en sí mismo. No dudo que lo hicieras con tristeza y soledad, pero era ni mas ni menos que la afirmacón de tu propia vida. Aún podías hacerlo, aún quedaban por delante miles de kilómetros para caminarlos.
Me alegro que ese barco te trajera de vuelta. Y me alegro que haya podido embarcarme junto a tí en muchas ocasiones.
3.
lou | 18.06.06 @ 16.22
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Eso es lo que suele pasar en los viajes.
yo recuerdo en un viaje (creo que era Mexico), en el que llegamos a un Hotel (no era al que teníamos asignado), y era tan cutre que hicimos una sentada (los 30 que íbamos), pero claro al final nos tocó claudicar, era, ese Hotel o ese Hotel. Todos dormimos vestidos y sin abrir la maleta, por sí se nos metía un polizón, de esos que cuando lo pisas hace “crach“.
En mi viaje a China, creo que fui tantas veces a comer a McDonal, que me sería imposible contarlas (En España no había ido nuca a uno).
Y luego el idioma, llevábamos cuatro palabras que habíamos buscado, para por lo menos no morir de hambre. Y además escritas, tal com las teniamos que decir.
Para que 2 años después, mi barrio se convirtiera en una pequeña China.
Y más anécdotas que podría contar, porque en los viajes siempre pasan cosas.
Y ahora que no puedo viajar, echo todo eso de menos, todas esas peripecias que acabas contando a amigos y familia.
Y las vueltas a casa, como siempre volvia dormida, de la paliza del viaje, no son un mal recuerdo, por cierto me encanta ir en avión.
Saludos para todos
4.
DVDCano | 19.06.06 @ 02.01
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No fue con soledad pero sí con enorme tristeza, amigo marcamo… ¿Por qué demonios será que siempre me emocionas?
Jazmín, hay que perder ese miedo al avión. Yo no sé porque será, pero me pasa como a lou, que me encanta, y si se mueve mejor. Jeje.
Lou, en mi primer visita a Londres, joven (estudiante), solo y durante casi un mes entero, tuve un atracón de MacDonald’s. Era lo más barato y cómodo, así que había días que desayuno, comida y cena.
5.
Jazmín | 19.06.06 @ 13.02
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Claro que debo perder ese miedo al avión, pero, no tengo idea cómo hacerlo!!!!
Yo trabajé muchos años (como profesora) en una Fundación que da capacitación gratuita a jóvenes que viven en alto riesgo social, por lo que había un Sicólogo de planta para dar atención a los muchachos y a los profesores (que la necesitábamos casi más que los muchachos) y decía Miguel, el Sicólogo que me atendía que conmigo podía hacer un doctorado en su profesión porque no sólo tengo fobia a las alturas, a los encierros y demás, también le tengo mucho miedo al agua de piscinas, del mar (que no a la de la ducha ehhhh
) tan al extremo que no hay quien logre que vaya a la playa y pueda meterme en el mar donde el agua me llegue más arriba de los tobillos y la verdad que si puedo evitar ir mejor que mejor.
Que sí, que sí… yo sé que soy una maniática y que debo superarlo, pero hasta ahora no sé como debo hacerlo
6.
Senador Palpatine | 19.06.06 @ 18.05
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Es increible como a partir de una acontecimiento triste y doloroso, hay personas que pueden extraer al narrarlo, emoción y belleza.
Gracias DVDCano y marcamo.
Siempre pienso que todo lo que nos sucede en este estúpido mundo tiene algún sentido. Aunque no lleguemos nunca a descifrarlo.
Aunque éso no fuera así (seguramente estoy equivocado), también creo que al lugar al que hemos llegado hasta ahora, nunca podríamos haber llegado por otro camino. Sólo existe una ruta para llegar a cada momento de cada vida. Si el camino hubiese sido distinto, nosotros no seriamos las personas que somos ahora.
7.
DVDCano | 20.06.06 @ 01.04
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Bonita reflexión, Senador.