Leo las reflexiones que hace Eduard Punset en torno al modelo educativo, en su fantástico ‘viaje a la felicidad’ (El viaje a la felicidad, editorial Destino) y me interesan sobremanera. Habla del tema Punset cuando analiza las diferencias entre una sociedad competitiva y una de cooperación, y su análisis crítico sobre el modelo educativo imperante me ha impresionado, como toda esa obra en general, a la que quiero dedicar una nota más adelante, cuando acabe su lectura. Dice Punset:

El modelo educativo imperante consiste en encerrar en un espacio reducido a un grupo de niños de la misma edad, para que desarrollen exactamente las mismas aptitudes: treinta niños escuchando a un maestro sentando cátedra sobre lo que él sabe, más que sobre lo que a ellos les puede interesar y necesitan aprender para situarse más tarde en la vida. Se trata de amoldarlos a un modelo concreto; no de una convivencia entre una variedad de personas de edades y aptitudes variadas, desarrollando caminos personales y colaborando entre sí para ayudarse mutuamente y como grupo. Los avances realizados en la digitalización de los bancos de datos y conocimientos permitirán, con el tiempo, individualizar la oferta educativa, en lugar de digitalizar lo obsoleto, como ocurre en la mayoría de centros educativos. [...]

Este modelo cerrado crea, inevitablemente, condiciones competitivas extremas. Los niños se comparan constantemente unos con otros. No aprenden a apoyarse, a colaborar ni a dividirse las tareas. Todos sirven para lo mismo, llevan a cabo tareas idénticas; no aportan nada específico al grupo, ni desarrollan sus cualidades personales, ni valoran las diferencias, ni se responsabilizan de su entorno, sus compañeros o su propio aprendizaje, y compiten por la atención del mismo profesor. Si se pretende formar a adultos que sepan colaborar, éste es el peor sistema posible.

[...] el sistema educativo no sólo enseña a los niños a competir sino a competir con los más allegados y a compararse en todos los sentidos. ¿A quién se le dan mejor las «mates»? ¿Quién se viste de determinada manera? ¿Quién es más guapo, más popular? ¿Quién se lleva mejor con el «profe»? Los niños crecen en un ambiente cerrado, excesivamente comparativo y competitivo.

Perdón por lo extenso de la cita, pero me parecía necesario para el entendimiento del razonamiento en su conjunto. Termina Punset su clarividente análisis con la reflexión sobre la opción de eliminar la evaluación de conocimientos, y el efecto contrario al pretendido de esta medida, que no hace otra cosa sino centrar la ‘competición’ en comparaciones de carácter personal, con lo cual no se desactiva la parte negativa del sistema.

La gran habilidad de Punset para comprimir la información al máximo, hace que en unos pocos párrafos logre tratar muchos aspectos distintos que han merecido alguna vez mi crítica sobre el sistema educativo. Tengo el convencimiento de que, hoy en día, más importante que transmitir conocimientos es enseñar y facilitar que los estudiantes accedan a los mismos, mostrarles la forma de conseguir la información con rapidez y efectividad, conseguir que se muevan en el mundo de la información de forma desenvuelta, y sean conscientes de cómo llegar al conocimiento deseado, de cuales son los caminos e incluso los atajos. No se trata de enseñar donde nace el río Duero, conocimiento que una parte importante de los alumnos olvidarán pronto, sino de hacer que estos se sientan seguros y confiados a la hora de conseguir la información necesaria para responder a esa pregunta (responder a las preguntas), y que lo terminen haciendo con efectividad.

En cuanto al concepto de competitividad vuelvo a estar de acuerdo al cien por cien con la tesis de Punset. Se enseña a competir, de forma mezquina además. Cuando se habla de la preocupación porque nuestros actuales estudiantes no sean competitivos en un futuro, planteando un enfrentamiento con otros iguales en una sociedad global, cada vez con menos fronteras, se comete el error de olvidar que tanto o más importante que conseguir generaciones que sepan competir y lo hagan con éxito, es lograr gente capaz de colaborar con otros, capaces de organizarse y aprovechar las habilidades de cada uno. Los responsables de ese concepto muy competitivo y poco o nada colaborativo cometen algo así como delito de lesa patria, haciendo un daño a mi juicio insondable a nuestra sociedad.

La idea de que pase lo que pase debemos estar preparados para competir con otros y de ganarles, sea a costa de lo que sea, para poder sobrevivir incluso, es tan inocente como pensar que una sociedad sobrevive gracias al logro personal de cada individuo, y no a un conjunto de tareas comunes, la suma de esfuerzos y talentos, la riqueza que a esa sociedad le va a aportar la diversidad de sus integrantes. Es algo radical, en el sentido etimológico, algo de raíz, que está absolutamente en la base. Y es también una cuestión de principios, como casi siempre.

En medio de estas reflexiones me acordaba de un chiste con rasgos de fábula, que le escuchaba un día a Pepe Herrero, el concursante que ganó la última edición del programa televisivo «Gran Hermano», un personaje más inteligente, afable y culto de lo que suele ser la media de quienes deciden vivir tal experiencia, concursando en un reality como ese. La historia venía a ser algo como lo que sigue.

Estando un japonés, un francés y un inglés (las nacionalidades serían intercambiables) en una tienda de campaña en mitad de la selva, se dan cuenta que se aproxima una leona hambrienta, y lo hace con tanta parsimonia como peligro. De inmediato el inglés y el francés salen corriendo y, después de recorridos unos metros, detienen su estampida al apreciar que el japonés aún no ha salido de la tienda. Deciden entonces regresar para apremiarle, cuando le ven calzándose sus mejores zapatillas deportivas. Le intentan convencer entonces de que es indiferente llevar el mejor de los calzados ante la amenaza presente. El inglés le insiste: “¿No te das cuenta de que por muy buen calzado que lleves no serás capaz nunca de correr más que la leona?”. A lo que el japonés le responde sabiamente: “No, si no se trata de correr más que la leona, se trata de correr más que vosotros”.

Valga la moraleja de este chiste-cuento-fábula, para reflexionar sobre si no hubiera sido más útil que los tres individuos que eran víctimas potenciales de la hambrienta leona, se hubieran dado prisa en idear una salida ingeniosa que les hubiera podido salvar la vida a los tres, en lugar de arriesgar la vida de parte del grupo, con el riesgo de que la leona sea tan hábil y rápida como para hacer con los tres su menú del día.