Habíamos mantenido una discusión brutal. Fue de esas discusiones que parece harán tambalearse todo alrededor de uno, y no solo a la relación entre los dos. Tras la bronca hubo una pausa, el silencio se apoderó de nuestro entorno y se extendió tanto que llegó a oprimirme hasta pensar que me estallaría la cabeza. Y entonces ella habló: “Ven, ven, ven… ven aquí… ven…”

Jamás unas palabras me habían resultado tan reparadoras. Jamás sentí bálsamo como ese. Y me acurruqué en sus palabras, y me dejé mecer por ellas (que era mecerme en ella), y las acaricié con mis sentidos, y sonreí mientras iba hacia ella al fin.