Ahora que José María Iñigo vuelve a la tele para hacer de intrépido reportero en ‘Supervivientes: perdidos en el Caribe’, el reality desarrollado desde la selva de una isla en la República Dominicana, que Telecinco recupera tras las temporadas que el programa ha languidecido en Antena 3, dedicado a famosos de medio pelo y con la presencia bastante antipática de Paula Vázquez, pienso en lo importante que ha sido Iñigo en mi infancia y adolescencia. Para no dejar el tema a medias, diré que el planteamiento del programa parece que será el mismo que las últimas ediciones, en el canal de la competencia, ya que los protagonistas seguirán siendo famosos, algo que no fue así en las primeras, que emitió la cadena de Fuencarral, y que se aproximaban más al esquema de GH. Eso sí, me cuentan que recuperarán el espíritu original en cuanto a la dureza de las condiciones, suavizadas posteriormente. El presentador será Jesús Vázquez, un auténtico ’superviviente’ del reality, que se encargó con anterioridad de hoteles glam y de operaciones triunfo, con desigual resultado. Llegó a presentar, con el propio Iñigo, ‘Vivo cantando’, con viejas glorias de la canción.
Poco más se puede decir de ese próximo estreno (dentro de un par de semanas), aparte de que el programa estará producido por Magnolia TV (Camera Café, Supernanny), y eso sin entrar en los rumores sobre posibles participantes (el nombre de Nacho Vidal sale siempre en estos casos), que señalan a nuevos personajes del colorín, como el pésimo periodista ‘Pipi’ Estrada o antiguos conocidos, como la cabaretera (por no entrar en detalles) Marlene Morreau. Lo único que me parece interesante es lo que decía al principio de esta anotación, la participación de Iñigo al pie de esa isla, viendo lo que sucede ‘in situ’, contándolo y entrevistando a los ’supervivientes’.
Iñigo es el mito televisivo de mi infancia, el más respetado e incluso admirado. Es parte de mi historia particular, y durante esos años de la adolescencia formaba parte de mi plantel de estrellas. Mientras que algunos niños tienen a futbolistas entre sus personajes a idolatrar, yo elegí a Iñigo o Rodríguez de la Fuente, de forma que en lugar de querer ser futbolista de mayor (o torero o bombero, -no era habitual soñar con ser bombero torero-), yo quería ser presentador de televisión o naturalista.
Le hicieron famoso títulos como ‘Estudio Abierto’, el programa nocturno de entrevistas y música, la fórmula más tradicional, tanto en su primera época como en la última, ya en los ochenta; ‘Directísimo’, en la noche de los sábados; ‘Martes noche, fiesta’, desde una sala de fiestas del Retiro de Madrid (’Florida Park’) y con el ‘todo Madrid’ en sus mesas de café concierto; o ese ‘Fantástico’ de la tarde de los domingos, formato ‘omnibus’ con total variedad de contenidos. En este último programa había un ‘conseguidor’, que les daba a los niños aquello que ellos añoraban. Pues bien, para mi el ‘conseguidor’ de aquel entonces fue el bigotudo Iñigo. Era este presentador el que me traía, a través de la tele, la ilusión cada semana, y yo deseaba ser como él. Y deseaba entrevistar a cantantes, actores de Hollywood, políticos, toreros o lo que fueran. Y tener como invitada a una actriz argentina (el dice que fue una vedette mexicana, pero creo estar seguro que se trataba de Libertad Leblanc) que enseña un pecho de manera fortuita (o no tan fortuita), delante de toda España. O tener a Joan Baez sorprendiendo al personal, como cuando dedicaba a Pasionaria el “No nos moverán”, aún en vida del dictador (el presentador cuenta que, días después de ese ‘incidente’, se vio con Don Juan Carlos, entonces Príncipe, con motivo de una entrega de premios, que le preguntó al oído: “Menudo susto te llevaste el otro día con Joan Báez… ¿te ha pasado algo, has tenido problemas en la tele?”). Quería estar al lado de personajes tan insólitos, pero a la vez tan auténticos, como ese hombre orquesta, el “tío de la puerta”, que decía hacer música con un único instrumento, una puerta. O aquel ‘mago’ que doblaba cucharas y detenía relojes, el sorprendente e inolvidable Uri Geller, del que quiero hablar un día de estos (a mi padre se le paró el reloj, viendo aquel programa). En definitiva, yo quería ser Iñigo. Creo que pasé de querer ser como él, a querer ser él, directamente.
Pero antes de llevar esta vida aparentemente tan interesante, rodeado siempre de gente famosa, José María Iñigo había sido profesor de idiomas, locutor de radio, disck-jockey, experto en música (le llamaban “Mister Ritmo”) y no sé cuantas cosas más. Se fue a Londres porque en Madrid el jefe de la SER de entonces, Eugenio Galdón, le negó el pan y la sal. Y allí se dejó el bigote, se colgó el foulard y logró trabajar en la BBC, de lo cual pudo volver a Madrid reclamado por Galdón. Menuda historia, oiga. Ama esa ciudad, como la amo yo, a pesar de todo. Os confieso que me ha encantado leer una especie de memorias sintetizadas que tiene puestas en su web, que según le escuché contar hace poco escribe y mantiene él mismo. Ahora se asoma a la tele de vez en cuando, como lo que hizo hace poco con Florentino Fernández. Y sigue con sus revistas y sus libros.
Lo que yo quería decir es que en cualquier otro país alguien como Iñigo sería un dios del medio, y se le disputarían las cadenas con contratos millonarios. Igual le están haciendo un favor, permitiéndole vivir más tranquilo, con su independencia, su chalet de Madrid (paso por su puerta cada día), su familia, su afición a la gastronomía, y tantas cosas. Pero tengo para mi que estamos ante una de las personas que mejor comunica delante de una cámara de televisión. Un gran conversador, respetuoso, discreto, educado y que sabe escuchar. Un gran contador de historias, capaz de revestir de enorme interés cualquier anécdota. Un self made man que engulle conocimientos con agrado (habla muchísimos idiomas), y hasta haciendo la “Teletienda” demostraba su buen hacer, su raza, su intuición y, sobre todo, su capacidad de comunicación. Iñigo es ‘el gran comunicador’, el mejor que nunca conocí.
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