Las luchas dialécticas entre escritores siempre tienen un punto de interés y bastante morbo. Hace un par de domingos Elvira Lindo hablaba de un libro publicado por Anna Caballé, en el que esta recopila citas misóginas de grandes escritores como Quevedo o Bécquer, y también de escritoras, como Carmen Baroja, María Teresa León, Concha Méndez, María del Pilar Sinués, Carmen Martín Gaite o Elvira Lindo. Se trata de Una breve historia de la misoginia, y la mención de Lindo mereció carta al director por parte de la autora de esta obra.

Este es el párrafo de Elvira Lindo, publicado en su columna del domingo 12 de marzo:

Esta semana, en el Día de la Mujer Trabajadora, he visto en la prensa, por un lado, la foto de las chicas en torno al presidente; por otro, una entrevista con la profesora Anna Caballé que hace un recorrido exhaustivo por la misoginia en la literatura española. Me incluye a mí. Estoy acostumbrada a que la profesora Caballé me tenga muy presente, lo cual le agradezco en el alma. En cuanto a esa acusación, porque de acusación se trata, podría responderle que por fortuna son muchas las mujeres que leen las bromas como bromas y se ríen como yo me río de mí misma (mis artículos tratan fundamentalmente de eso); le explicaría yo a la profesora Caballé la cantidad de fuerza moral que una mujer ha de tener para escribir en España una crónica humorística. Yo tengo ya caparazón, se lo aseguro, pero ha habido momentos en que la pobre persona que llevo dentro se ha puesto a llorar con la cabeza en el pupitre. Y le diría que el hecho de no sentir un orgullo especial por ser mujer, ni querer formar parte de cuotas, ni ser santona de colectivos, ni de antologías, ni de foto de chicas ni de nada no me hace menos mujer, ni menos trabajadora ni menos feminista, y, por supuesto, el hecho de hacer bromas con las mujeres, señora mía, no me convierte en misógina. Me hace libre.

Y la carta al director del sábado 18 de marzo:

De todas mis publicaciones, que son muchas porque llevo años trabajando, como la propia Elvira Lindo, la he citado en dos ocasiones: la primera en mi libro sobre Francisco Umbral (El frío de una vida, 2004, páginas 301 y 332) apuntando la influencia del escritor (yo diría que evidente) en su estilo como columnista. La segunda a causa de mi libro sobre la misoginia en la literatura española (2006, página 34). Comprendo que el sueño de un novelista pueda ser el disponer de algún profesor persiguiéndole obsesivamente. Le aseguro que no es el caso: la convergencia, a veces, entre su condición de escritora y mi condición de enseñante de literatura española explican, diría yo, las dos alusiones, sin más trastienda que ésa.

En los dos casos, a la semana, la señora Lindo me ha dedicado sus dolidas negritas. Le diría que soy yo la que no tiene quien la respalde, ni grupo que la proteja, ni negritas que arrojar a la cara de nadie. Siempre he sido una persona independiente y no aspiro a cuotas gremiales de ninguna clase. En cuanto a las antologías, pueden ser tan propias en la labor de un universitario como la poesía en un poeta. Son cosas que van con lo que se hace. Yendo a la cuestión de fondo que plantea su artículo del 12 de marzo, los excesos de la corrección política, hay que decir que ha servido para llamar la atención sobre lo ofensivo que pueden resultar expresiones como “negro de mierda” o “más puta que las gallinas”, por no hablar de la exigencia democrática de reequilibrar permanentemente las fuerzas sociales que hay detrás.

No voy a hablar de la sociedad estadounidense (usted es la experta), sino de la nuestra. Y aquí, en mi modesta opinión, hablar de la importancia de la misoginia en nuestra cultura no es ninguna tontería (¿ha visto la trilogía Torrente?). Es un tema doloroso y delicado, es cierto, y por ello ¿vamos a pasarlo por alto? Para mí, autora del libro, es útil porque ayuda a comprender de qué tradición literaria venimos las mujeres, y los hombres. Y de las dificultades para sobreponernos a unos estereotipos. Ahí entra usted con sus mujeres en estado permanentemente depilatorio, mientras “su santo” lee libros del mayor interés cultural. Usted defiende el valor de su autocrítica, y yo, mi libertad para señalar que ese tipo de mujer con el que juega en sus columnas reproduce un determinado esquema histórico. ¿O es que no se puede hablar de usted (me refiero a lo que escribe) si no es para invitarla a un curso de verano.

Hay que ver, que suceptibles son estos escritores.

[ Vía 24/7 ]