Con doce años me aficioné a la radio. Fue gracias a un programa de parapsicología, ciencias ocultas y OVNIs, que hacía Antonio José Alés, pero eso es lo de menos, lo era ya entonces. Me fascinó el poder de la radio, su aterciopelada cercanía, especialmente en la madrugada. Durante mucho tiempo escuché la radio de forma compulsiva, me daba igual lo que fuera, porque me gustaba y me interesaba escuchar tanto el Carrusel Deportivo como a Encarna de noche. Escuché ‘nacer’ muchas voces destacadas después, y soñé con ser una de ellas algún día.
Eso si, fui siempre crítico con ciertas costumbres radiofónicas recurrentes, que me parecen un tanto detestables. Y a ello voy.
Una de las costumbres radiofónicas absurdas y detestables es la de hacer conjeturas sobre el lugar desde el que están escuchado los oyentes. “Para ti que nos escuchas desde casa, o a lo mejor estás en el trabajo, o quien sabe si te encuentras tumbado en la playa”. Claro, la lista puede ser interminable, porque el número de posibilidades es infinito, e ignoro que interés tiene para la audiencia ese tipo de especulación inútil.
Otra mala costumbre es la de dar la hora de forma insistente, es como un recurso innecesario, como si el locutor no supiera que decir o necesitara llenar parte de su tiempo radiofónico con cosas como repetir a cada rato la hora. La capacidad del oyente para controlar el tiempo es limitada, y en un periodo de una hora cada uno se desviaría en el cálculo del tiempo transcurrido en una cantidad de minutos diferente. Pero lo que está claro es que no es necesario dar tanto la hora, ni siquiera en los programas matinales, donde la gente está interesada en saber cuando tiene que marcharse de casa hacia el trabajo. Aún en este caso con señalar la hora cada cuarto parece más que suficiente, porque el plazo de diez o quince minutos si es fácil que la gran mayoría de la gente lo sepa controlar con mediana precisión. Lo que yo digo es que dar la hora cada cinco minutos, y más en la radio nocturna, y especialmente en una radio fórmula musical, parece una parte del guión prescindible y sin sentido. Algo que solo le consentíamos a aquel Radio Hora que nos traían Enrique Dausá y Rigoberto Ferrera, en los 70, esas voces venidas de fuera que nos contaban una noticia y nos recordaban la hora en el breve espacio de un minuto.
Por último apuntaré una costumbre que observo con más insistencia de forma reciente. Es la maldita manía de gritar. Sospecho que es un mal contagiado por simpatía con los periodistas deportivos. Estos suelen emplear un nivel de decibelios exagerado, no solo cuando retransmiten un acontecimiento deportivo, sino también cuando están contando una información de cualquier tipo, sin requerir ese punto de emoción de la narración en directo. Siempre me ha parecido llamativo este hecho, pero ahora observo como los locutores de informativos levantan la voz cada vez más. Y sin motivo aparente, ya digo. Solo les falta arrastrar las sílabas finales de algunas palabras, como si estuvieran contando un gol fallido o similar, y contasen los plenos parlamentarios con expresiones como: “que penaaaaaaaa, no fue posibleeeeeee”. Solo faltaba.

[ Keith Haring | Untitled, 1982 | marker ink and acrylic on found canvas | 218.44 x 218.44 cm ]
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19.10.2005 @ 13.57
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