Estábamos en clase, y por la calle del colegio pasaba cada mañana el chatarrero. Era un gitano viejo e hiperactivo, tan pequeño como impulsivo, que llevaba la chatarra en su carro tirado por un burro también viejo. Cada día pasaba a media mañana, casi a la misma hora, y siempre gritaba, con atronadora voz, aquello de: “Chatarrerooooooooo”. Al profe de matemáticas le interrumpía cada vez, miraba a otro lado resignado y hacía una pausa antes de retomar su clase. Unos callábamos, otros reían, era el sobresalto de cada día, a pesar de lo esperado que podía resultar. Un día el viejo chatarrero no pasó, dejamos de oír su voz. Al día siguiente tampoco lo escuchamos, mi amigo Paco y yo nos miramos, algo no iba bien. Dejamos de oír al chatarrero para siempre, sentí un vacío, una gran pena, fue la primera vez en mi vida que echaba en falta a alguien.
Por aquel entonces se escuchaba algunas tardes al afilador. Llegaba, se paraba tras mi casa, tocaba su sonada tan peculiar, ese fi-fa-fiiiiii-fa-ra-ra-ro, y esperaba que le llegaran los cuchillos o las tijeras. Su melodía era triste, seca, escueta y, sobre todo, inconfundible. Nunca bajamos nada para que lo afilase, pero gustaba escucharle. Era un visitante habitual, hacía compañía en las cortas tardes de invierno, y se dejaba oír siempre, siempre. Luego desapareció, nunca más volvimos a tener esa especial visita en el barrio.
Y además, por el patio de vecindad se escuchaba cantar a las vecinas. Cantaban copla, las mayores, y canciones de ‘Alaska y los pegamoides’, las más modernitas. Mi madre planchaba cantando, y hacía lo propio cuando tendía la ropa. Ahora ya no se canta, y si se canta no se escucha, debemos de cantar bajito.
La ciudad tiene ahora tantos sonidos como entonces, pero ya no tiene su propia banda sonora. Ahora hay más ruido, escuchamos la música del iPod por la calle, la radio en el trabajo y la tele no para de tronar como fondo sonoro para tantas amas de casa, y quienes no lo son. Pero ya no escucho al viejo chatarrero, ni el silbido armónico del afilador, ni a las madres de mi bloque cantando. Nos faltan sonidos en la ciudad, por mucho que la música de fondo suene ahora más y mejor que nunca.
La ciudad suena cada vez peor, ya no tenemos banda sonora.

[ Salvador Dalí | La orquestra roja - Las siete artes, 1944 | Óleo sobre lienzo | Dimensiones desconocidas | Destruido durante un incendio en el teatro Ziegfeld de Nueva York ]
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19.09.2005 @ 23.19
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Un Comentario a “Los sonidos de la ciudad”
1.
Maripili | 20.09.05 @ 09.42
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No conozco el ‘grito’ del chatarrero, pero sí la sonada del afilador. Siempre me ha gustado esa sonada, y en mi ciudad, todavía, de vez en cuando, tenemos el privilegio de escucharla.