Yo le miro, ella me mira. Estamos los dos observando nuestra propia imagen, y la suya. Nuestras miradas están puestas en el otro, nos estamos mirando fijamente, pero nuestras miradas nunca se cruzarán. Es una sensación extraña. Mirar al otro en un espejo es un ejercicio interesante, a la vez que es algo angustioso. Miro, veo con detalle, pero me falta algo. No es lo mismo que la mirada directa, sin intermediarios. Pero a la vez tiene algo que desinhibe, que nos permite sentir una cierta libertad para mirar y ser mirados.

Los espejos son, de algún modo, como esos peep-shows donde un espectador puede mirar al otro sin ser visto, o como una video-conferencia, ya sea que uno de los dos actuantes solo pueda ver, mientras que el otro solo ‘enseña’, o bien en la que ambos ven al contrario y a si mismos, como si se estuvieran observando delante de un espejo. Porque, en este último caso, ambos son conscientes de que el otro le ve, pero hay algo que les separa, que establece una barrera, una distancia. Yo creo que la principal diferencia entre mirarse directamente, estando uno frente al otro, y mirarse a través de un cristal azogado que refleja nuestra imagen, o ese peep-show que es la video-conferencia, es que las miradas nunca se cruzan, siendo imposible mirar directamente a los ojos del otro mientras este hace lo propio.

Piénsalo bien, o haz la prueba. Dos personas enfrentadas a un espejo, mirando al otro. Es una situación singular por varias razones, primeramente porque de reojo cada uno ve su propia imagen, hay por tanto plena consciencia de lo que se está haciendo, notándose de forma especial la propia presencia. Pero, sobre todo, por mucho que mires al otro a los ojos, y te sientas igualmente observado, nunca notarás la mirada de forma tan intensa como si os giráis y decidís miraros directamente a los ojos. Ahora haz otra prueba. Intenta mirar a un punto cercano a sus ojos, o pide que sea tu acompañante quien lo haga. Se trata de no mirar directamente a los ojos, sino elegir un punto fijo en su entorno, a ser posible que no pertenezca a su propia figura. Entonces pregunta (si eres tu el que mira a otro lado) si siente como le miras a los ojos, y seguro que te contestará que si. Posiblemente nota tu mirada de forma intensa, pero tu no estás mirando donde la otra persona cree. Eso es imposible que suceda si os miráis frente a frente, clavando directamente tu mirada en sus ojos. En este caso es imposible el engaño, y lo notará en un instante, sin posibilidad de error, si es que desvías un milímetro tu mirada.

“El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve” | Antonio Machado

Y es que dejar que otro te vea, como saber que escucha lo que dices (y oiga que lo oigo), o saber que te entiende (y entiende que le entiendo), no puede llevar a otra cosa que a la satisfacción de estar entregando al otro, libremente, una parte de nosotros. Y además, ambos actuantes están aportando una parte, porque libremente han decidido participar de ese hecho, tanto el observador como el observado.

¿Por qué libera el saberse visto sin que nuestra mirada pueda cruzarse con el otro? ¿Por qué esa desinhibición? Yo creo que es la misma que se produce cuando nos fotografiamos frente a un espejo, o dejamos que una video-cámara registre nuestra imagen animada. De alguna forma nos estamos convirtiendo en personajes, dejamos de ser totalmente nosotros mismos, para observarnos desde fuera. El espejo (como esa imagen registrada en un vídeo) nos devuelve una imagen de nosotros que pensamos se aproxima a la que los demás pueden percibir. Nos convertimos, de ese modo, en voyeurs de nosotros mismos. Pero, sobre todo, nos desinhibe el hecho de que nuestra mirada y la del otro pierdan intensidad, eso nos hace fabular, imaginar como será esa mirada, algo que nos motiva y reconforta. De alguna forma estamos siendo invitados, inconscientemente, a sentir la mirada del otro de forma más intensa, lo cual nos vuelve más audaces y se puede terminar convirtiendo en un juego interesante.

Picasso - Muchacha ente el espejo
[Picasso | Muchacha ante el espejo | Óleo sobre lienzo | 162, 3 x 130, 2 cm | Museum of Modern Art, NYC]