¿Alguien me puede explicar de donde procede el impulso que lleva a casi todo el mundo a chupar la tapa del yogur recién abierto? Es que no termino de entenderlo. A ver, uno abre el yogur, voltea la tapa, y de forma absolutamente desatendida, como si fuera obligatorio hacerlo, pasa la lengua por los restos que han quedado adheridos a esa tapa, empezando de tal forma la deglución del alimento. Parece como un paso previo e imprescindible para meterle la cuchara y comerse el resto, como si no fuera posible continuar sin pasar esa prueba.

He visto gente muy fina, que pela y come con cuchillo y tenedor las gambas de la boda (los langostinos esos que en los salones ordinarios, la mayoría, son introducidos por camareros al ritmo de la ‘Danza del fuego’, con las luces semi apagadas, que yo no puedo evitar pensar en aquel camarero de “El guateque”, la desternillante película de Peter Sellers), que son capaces de pelar de esa misma forma una pera o un kiwi (yo me dejaría media pera en el cuchillo, como hago con las patatas, envidiando a los americanos, que no las pelan), o que estornudan como señoritas cursis por no quedar mal (que un día les va a dar un tirón y se van a quedar lisiados), pero que llegado el momento del yogur, no les importa tener la compañía más concurrida y de la menor confianza, que una vez tienen la tapa en la mano no pueden evitar pasar su lengua por encima, siquiera fugazmente.

Hablo de los demás porque yo no como yogures, pero no quiero pensar que yo también lo haría. Como no paso la lengua por el plato de la tarta helada, ni me urgo en los dientes con el cuchillo de mesa. Y es que no le veo el interés, aún haciéndome cargo de que también hemos pagado por la parte que queda en la tapa, pero es tan ínfimo y despreciable que es imposible que lo hagamos por eso, la razón tiene que ser otra.

Y si digo la verdad, dependiendo quien lo haga, me puede parecer un gesto desagradable o el momento más erótico de la cena. De esos momentos que uno quiere ser tapa de yogur y dejarse acariciar de aquella manera, aunque el destino sea, finalmente, acabar encima de un plato, cuidadosamente depositado siempre boca arriba, abandonado, despreciado y olvidado, sin darse cuenta que el primer gran momento del yogur, el irrepetible, es el que proporciona la maldita tapa. Cucharadas hay muchas en un yogur, pero es que tapas solo hay una, amigo/a mío/a.

Andy Warholl
[Andy Warholl | Campbell's Soup Can I | 1968 | óleo sobre lienzo | 89 x 58,5 cm]