Heráclito se quedó mirando el río sin jamás entrar en él. Se convirtió en espectador eterno, expectante ante lo que reflejase la imagen de un río que nunca volvía a ser igual, día a día. La vida en dos dimensiones, desfilando ante nuestros ojos, reflejando una realidad en technicolor. Todo cambia, nada es. La realidad transformada por el filtro de lo que ven nuestros ojos, con distinto decorado, diferentes protagonistas, desigual trama.
“Nadie puede bañarse dos veces en las aguas de un mismo río” | Heráclito de Éfeso
“Todas las cosas están en movimiento, nada está fijo” | Aristóteles
¿No fue Heráclito el primer telespectador de la historia? Vivió entre los siglos V y VI a.C., fue más conocido como skoteinos (”el oscuro”), por culpa de su afición por las metáforas, y se apropió de esa idea que vino a constituir toda una filosofía, el “panta rei”, “todo cambia, nada es”, “todo fluye”.
Esperando ese cambio, anhelantes de novedades, necesitados de acción, vivimos una vida pendientes del espejo (el río) en el que se reflejan nuestras vidas. Pidiendo siempre que no se acabe el show, convencidos de que ‘el espectáculo debe continuar’. O lo que es lo mismo, vivimos enganchados al televisor.
Sí, ya sé que estoy jugando con una idea filosófica, como juega el malabarista con las mazas. ¿Que tal si me subo al rulo y le doy una vuelta de tuerca al argumento?
Según el filósofo presocrático, la tensión dialéctica entre contrarios supone la unidad de los mismos. La unidad de los contrarios resulta de una tensión permanente. Todo fluye, la discrepancia nos facilita una visión cambiante, dinámica y turbadora de nuestra propia existencia. Sin tensión entre iguales enfrentados no hay espectáculo, es necesario mostrar ese enfrentamiento gozoso. “Tele es tele”, está claro.
Este espectáculo, que es la vida, se mueve entre dos polos opuestos: el placer y el dolor. El río no es sino el espejo en el que reflexionamos sobre las cosas que nos afectan, pero solo logramos tener la suficiente lucidez mirando el río cuando nos ha ocurrido algo desdichado, horrible, dramático (el dolor). Su contrario, la tendencia a disfrutar del placer, la ausencia de reflexión, la pérdida plena de control y de consciencia de la que habla Bataille referente al gozo erótico, proviene de la alegría de vivir, del propio instinto de supervivencia. Como en un buen culebrón, en la vida, el gozo y el llanto, la alegría y el sufrimiento, eros y tánatos.
Y en definitiva, la vida fluye ante nuestros ojos, inacabable, en sesión continua, programa tras programa, hasta que apretamos el botón del off. Entonces ya nada es y todo cambia.
(Esto si que es un desvarío en toda regla).

[ Velázquez | La Venus del Espejo, 1648 | Oleo sobre lienzo | 122 x 177 cm. | National Gallery (London) ]