No solo hay castings en programas de televisión, o en el mundo del cine o la pasarela. En la vida pasamos ese tipo de pruebas con frecuencia, en las que alguien decide sobre nuestro destino. Ciertamente nuestro destino está en manos de los demás en muchas ocasiones, lo que decida un amor, un amigo, nuestros padres, etc. Pero no me refiero a ese devenir que es nuestra propia vida, sino a escollos que debemos salvar para conseguir lo que pretendemos, un trabajo, una subvención, o lo que sea. Estoy hablando de como un psicólogo, o un sencillo funcionario, puede influir en la decisión que quizá cambie nuestras vidas. Es muy fuerte.
Hace poco escuchaba contar a Garcí, el director de cine, que nunca hace castings a los actores, ya que considera que es una humillación para ellos, y la obligación del director es conocer a los actores suficientemente como para elegir a quien considere para cada papel. Una sabia decisión, a mi juicio.
La primera vez que tuve la sensación de estar pasando un casting, fue en una oficina de empleo. Buscaba mi primer trabajo, al tiempo que continuaba estudiando. Un educado y triste funcionario me hacía el cuestionario de rigor. En aquel entonces yo aún conservaba mi inocencia al pensar que ese servicio público podría servir para algo diferente que elaborar una estadística y colocar a unos cuantos funcionarios, y creía que de esa entrevista podía salir mi primer empleo. En medio del cuestionario, entre decenas de estupideces, el señor aquel me preguntó: “¿sabes escribir a máquina?”, a lo que contesté que si; la siguiente pregunta fue: “¿cuantas pulsaciones tienes por minuto?, a lo que no dude en contestar que “varias”. La respuesta no era desconsiderada, sino simplemente una broma. No estaba tomando el pelo al pobre funcionario, simplemente estaba harto del cuestionario, y vi tan serio, cabizbajo, cejijunto y hocico-romo a mi interrogador, que pensé podría arrancarle una sonrisa. Craso error. El funcionario del INEM continúo haciendo sus preguntas, serio e impertérrito. No conseguí hacer reír a aquel señor tan serio, y tampoco conseguí nunca un trabajo por ese medio. Nunca me llamaron.
Mi segundo casting fue mucho más profesional. Era para conseguir un trabajo en una gran empresa española. Tras la charla con un jefe de personal tuve que pasar unas pruebas psicológicas bastante duras, muchas horas de devanarse el cerebro pensando que un grupo de sádicos estaban jugando conmigo. A mi lado había unas veinte personas en mi misma circunstancia, en realidad éramos como cobayas, ratones de laboratorio observados con atención, fríamente, por aquellos psicólogos de empresa. Tras esa prueba vendría incluso una prueba médica, aunque ese mismo día, mientras esperaba en un vestíbulo a que viniese el taxi que conseguí que me pidieran, un psicólogo amable me comunicó que todo había salido bien y estaba admitido en la empresa. Tal era su poder.
Los tests psicotécnicos tenían un colofón de estrella de cine, la entrevista con la psicóloga jefe, que empezaba con una curiosa prueba. Ella te daba una baraja de naipes, unas diez o doce cartas, cada una teñida en su dorso con un color distinto. Entonces te pedía que las ordenases sobre la mesa con el criterio que quisieras, una vez hecho esto ella recogía las cartas y te volvía a dar el mazo, pidiendo que volvieras a ordenarlas. Cuando le pregunté que si había que hacerlo en idéntico orden que la vez anterior me indicó que hiciese lo que quisiera. No creo que las ordenase igual, seguro que la segunda vez intenté hacerlo mejor. En medio de la entrevista llegó la pregunta de rigor, dentro del grupo de violación clara de la intimidad de la persona, esa en que tu posible futura empresa parece necesitar saber si estas soltero o casado, y en el primero de los casos si tienes novia. Mi respuesta fue negativa, a lo que añadí: “¿y tú?”. La psicóloga me contestó con gesto de sorpresa que estaba casada, y entonces añadí con cierta desvergüenza un “vaya”, en tono de lamento. Lo cierto es que era una mujer muy guapa, joven y su inteligencia se podía presuponer, dada su destacada actividad profesional. En este caso también le estaba gastando una broma, solo que ella lo encajó mejor, captó mi mensaje y quien sabe si no fue algo determinante para que minutos después un subordinado suyo me hiciese la confidencia que ya he contado.
Después de ‘triunfar’ en ese mi primer casting profesional, pasé tres años muy felices de mi vida en aquella empresa. Luego vinieron más castings, como los artistas, ya digo.